¿Quién no comió carne de perro?

Si es cierto que la cultura -y me refiero, por ahora, solamente al quehacer artístico- no es sino una de las múltiples expresiones de nuestra vida social y, por ende, de nuestro sistema político, ya sería hora de Interrogarse sobre los cambios que el Cambio, haciendo honor a su nombre, pretende introducir en nuestro convivir cultural. Obviamente, a finales de la última dictadura militar, la infraestructura y las actividades culturales dejaron bastante que desear. A ver si los cambios prometidos ya se han hecho presentes.

Medios de comunicación masiva: el "cualquier cosa" hecho sistema

Repito: la cultura es una de las múltiples expresiones posibles de nuestra vida social. Sumando, pues, las cosas que conviene sumar, se definiría nuestra cultura -o, mejor dicho, nuestro quehacer cultural-, como de alguna forma, capitalista y dependiente. El ya muy mentado cambio, que nos meten ahora hasta en la sopa de leche, debería precisamente afectar a estos dos cualificativos de nuestra estructura patria, tanto a nivel socioeconómico como en lo cultural y artístico.
La realidad, por ahora, es otra: a, algunos siempre les ha caído bien -y les sigue viniendo como anillo al dedo- esto de pertenecer a una estructura capitalista y dependiente. Los .canales de televisión, por ejemplo, se mueven dentro de dicho ambiente como pez en el agua. Portadores que deberían ser de la cultura a nivel masivo, los canales se enorgullecen de mantener firme su vocación exclusivamente comercial, y relegan a segundo plano su obligación (implícita, debido a su estructura monopolista) de informar, y a sexto o séptimo plano su obligación cultural. Durante la dictadura uno de los canales -si no me equivoco, el menos abiertamente reaccionario- se deshizo de Toqui, con la disculpa de siempre: "Este es un canal comercial, señores, no nos vengan con cosas educativas." Ahora, el que chupó fue Carlitos Vera, cuya interpretación de la democracia tuvo la desgracia de no coincidir con la democracia comercial de los camales y de la burocracia. Aparte de estos casos de censura implícita, los programas siguen siendo los tristes enlatados de siempre, en los que la "cultura" -entendiéndose por cultura lo que lo sería en los EE.UU. o en Inglaterra, o en Francia, siempre y cuando resulte vendible- es algo perfectamente tangencial y en los que los programadores evitan cuidadosamente meterse en lo que podría resultar constructivo, instructivo o educativo. En pocas palabras: siguen siendo emisoras de propaganda comercial, con salsita de serie norteamericana de fácil digestión, hechas y deshechas por los productores de artículos de consumo, a quienes la cultura importa un rábano.

Ya es hora de que se vaya rompiendo el monopolio absolutista de la salsa de tomate, del electrodoméstico y del cigarrillo fino y que el gobierno nacional -que para ello está- -exija un replanteamiento completo y posiblemente sensato, de los programas. Y si, por una vez, hiciéramos aplicar la ley correspondiente, que dizque ya existe?

En cine sí. han cambiado algunas cosas: el Cine Universitario salió de su letargia inepta ¡menos mal! El Cine Club Ciudad de Quito es,  pese a su enfoque claramente intectualista, una iniciativa rescatable, entre otras cosas porque compromete activamente -y no sólo a nivel de permisos y de prohibiciones- al Municipio. Ampliando la iniciativa, podría hasta resultar provechoso. Pese a todo, se me hace que son los empresarios del cine los que descubrieron el buen cine, gracias a Woody Allen y a una que otra embajada. Al fin y al cabo, lo importante es que sí ha habido cambios en la programación, si bien los motivos son comerciales: se especula con el hambre de la gente que desde hace algunos años se había quedado con las ganas de ver buen cine. El cine popular o masivo sigue limitándose -por falta de Abdalá local- al porno y a los puñetazos chinos. Si a alguien se le ocurriera imponer a todas las salas un cupo mínimo anual de buen cine, resultaría más presentable la página correspondiente en los periódicos, donde ahora siguen abundando tetas multinacionales y los músculos tercermundistas de los karatekas. Claro está: habría que acabar con la I. (?) Censura Municipal, donde priman la ignorancia y las posiciones políticas, ambas caducas.

En referencia a la producción cinematográfica, en lo que va del año, pudimos ver dos productos que son como dos polos distintos y dos extremos opuestos: por un lado, un "Padre Almeida" donde sólo faltaría Don Ernesto Albán para completar tan graciosa (?) estampilla, y por otra parte "Los Hieleros del Chimborazo", una película digna y sobria, lo cual está bien y realmente nuestra, lo cual está mejor.

Producción propia: el enemigo esta dentro

Para las cosas ya mencionadas -medios de comunicación masiva- dependemos, en gran parte, de lo que buenamente nos quieren dar prestando desde la metrópolis, o de lo que buenamente consideran rentable los intermediarios. Si no me creen, acuérdense de la semana del cine brasileño, donde actuaron de "mecenas" un banco y una compañía de aviación; el resultado fue un banquete fílmico, principalmente compues-to de carne de perro, con fines benéficos.

En algunas manifestaciones artísticas, sin embargo, tenemos -queriendo o no- que autoabastecernos. Excluyendo las artes plásticas, donde nuestro país ha alcanzado un nivel más que apreciable a escala latinoamericana e internacional, el malestar es general.

El teatro ya se discute en otra parte de este mismo número. La crítica de superficie de Julio Paredes ya bastará para convencernos de que, en el campo teatral, nos siguen creyendo giles y nos meten carne de perro que da miedo. Sigue plenamente vigente la obsesional fijación con el gran director extranjero -Paccheoni, Monod, Buenaventura, D'Amico... el nombre poco importa-, lo cual genera un ambiente paternalista bien castrante, mientras que al mismo tiempo sirve para poder echarle la culpa a alguien en cuanto la cosa no resulta como se esperaba.

Este ambiente no es nuevo: por ahí empezó el teatro nacional. No vayan a creer que tengo algo en contra de los directores extranjeros,