Noviembre de 1998
¿Es eso un editorial?
O tendremos que contar
que en el transcurso de los días,
para hacer una revista de poesía,
hemos visto desgarrarse
frondas y placeres
en las ruinas vocablistas
de pertinaces mentores
de la voz y la palabra.
Ahora que es tan tentador
ser lo que no se es,
tan fácil mostrar vellos dorados
y una lana de ovino fino
cuando sólo es género
de mala confección fabril.
Han escrito editoriales obcecados
mocaderos como páginas de creación
deslumbrante, incalculable número de
genios han refulgido en la enunciación
de los esqueléticos manteles íngrimos
de los periodiquillos que vuelan con el
viento arrastrados por la pestilencia de
la propia ciudad que los mantiene.
¿No son hitos de la cultura de nuestro
tiempo aquellas acciones comerciales
de viajeros sudorosos que al tiempo
que envejecieron, trastrocaron también
su mercancía al punto en que el turco o
gringo de los casimires se transformó
ahora en el sueño de los escritores?
¿ No ha llegado la patraña a hacer de
la historia un diario íntimo de xenófilos
sapientes y foráneos de ducha monta
en el avance social y la matraca de una
supuesta erudición trucada de
bombonas coloreadas para el inculto
paladar de los rústicos parroquianos?
Vemos, casi con obscena lujuria,
trepar las gradas de la inmortalidad a
infames barítonos de la traición a sí
mismos y a sus congéneres.
Esos, que en siendo mulas jóvenes
simularon coces de rebeldía, hoy,
aparecen de fieras viejas bestias de
carga, llevando entramada su entraña
de un herraje vergonzoso que se
parece a billetes ocultos en un arca
secreta. ¿Seria de algún banco
xenófilo? o ¿será la inversión de una
empresa boyante de estupidización de
masas?.
Los verdugos de nuestros pueblos
tienen sus preferencias literarias y
premian el adulo de sus saltimbanquis
con cenas y divisas. Los permiten
apacentar la acémila de su alma en sus
jardines y aplauden sus travesuras.
Cuando el verdugo cae, el rey le
asciende, los bufones callan y sus
vasallos son olvidados. !Magnífica
monarquía la de la demente democracia
de fin de fines!.
En otro patio se dan las manos los
esperantes de la lluvia de estrellas, los
que a la expectativa fruncen el verbo
para parecer merecedores de la
candidatura de nobles estruchantes de
su perfecta ineficacia, y, solícitos,
solicitan con ahínco, se abran las
compuertas de la almena para, al pie de
sus superiores, soñar una llegada,
aunque tardía, al cielo de los imbéciles
que forman el círculo hediondo de la
hipocresía.
¿Que quiénes son ellos?,
preguntaremos.
Todos los días los vemos almacenados
en los archivos de las bibliotecas de la
sección periódicos.
Nosotros podemos hablar así y más
alto, y más bajo todavía: susurrando,
diciendo versos al amor tangible, a las
gentes ciertas y presentes, pechando
fuego real con las palabras vigentes.
Nada en nosotros es artificial ni
engaño, no hay sensaciones virtuales ni
premeditada carcoma publicitaria.
La pedrada, a sus veinte años es joven, y jóvenes serán siempre sus viejos
poetas y
sus incontestables versos son siempre
nuevos. El mundo de la pedrada es el
mundo de las gentes siempre, de las
gentes puras y sencillas, sin tapujos de
superpan ni bagajes de extrasupers.
Estamos en la antología de loa que no pueden estar ni estarán jamás.
A ellos todos, les impide un nombre,
una figura voraz que al final del día, a
la postre, les anula, un nombre hecho,
ahora, fina vestidura; es el nombre que
se esconde entre el interior y los
calcetines económicos de quienes nos
pretenden manejar.
Ese nombre que en las noches les
inquina, les remuerde, les tortura; ese
nombre del que hacen su bandera, su
carpeta, su novela, su programa de
gobierno. Ese nombre les señala, les
inculpa y les desdice. Ese nombre les
impide ser nombrados.
Ese nombre es corrupción: las alas de la muerte. Aviesa índole.
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