Cuando naciste, hijo,
estaba nublado pero hacía sol.
Los cielos claros estallaban
en el rincón inexpresivo de los nimbus.
Cuando naciste callamos todos.
La alegría escuchó del mediodía
cuando de tu cosmos saliste
con el púrpura azul sombra
del universo materno en que habitabas,
y el primer grito en el fruncimiento de tu mejilla
se esparció por el aíre,
por las calles que arrastraban mendigos,
donde la injusticia adoraron los hombres.
La lucha política se enunciaba con falsos líderes.
Las religiones olvidaron al humano acribillado.
Se construían las primeras autopistas,
marmóreas casas rentables de demanda.
Los diarios publicaron siempre
una lista de crímenes masivos,
guerras entre pueblos y mentiras
de los hombres que fraguaron el engaño.
Se inventaron las más perfeccionadas
y crueles máquinas de guerra.
La paz fue objeto de burla
y utilizada para los más asquerosos fines.
Y tu grito incendió la ladera y coronó la montaña.
El Pichincha azul que custodió tu nacimiento
iba siendo privado de sus bosques y su fauna.
Los padres no pensaron en sus hijos
y levantaron la ciudad que nos asfixia.
Existió valor en los seres que lucharon
por parar la ruina fabricada a corto tiempo,
pero a ellos los mataron a traición
o encerraron a su vida en una celda.
El día en que naciste llovió.
En las selvas amazónicas los indígenas
eran comerciados sutilmente
de acuerdo al adelanto tenebroso de este siglo.
En la ciudad los pobres eran perseguidos.
Pero se hablaba de igualdad
de democracia
de redentores
que, vestidos con licores importados,
brindaban su sinperdón explotador.
La tierra se poblaba rápidamente,
contigo nacieron miles en diferentes lugares,
son como los retoños de los árboles cortados.
Y escaseaba la comida
que dormía en las bodegas de los poderosos.
Los policías eran entrenados para matar
y asesinaron al pueblo organizado,
esterilizaron sus mujeres en lugares creados para ello.
Muchos niños que crecían
fueron privados de su alimento mínimo
debido al egoísmo y la malicia de los opresores.
Se enseñó en las escuelas a odiar,
a competir,
a ser cómplice.
En tanto las mujeres buscaban
un salario clandestino por el hambre.
El sexo fue comercializado con falsas consignas de liberación.
Los trabajadores del campo crecían en pobreza.
En las áreas urbanas
se desarrollaba la industria,
murciélago de anónima usura enmascarada.
Y allí,
en los sitios donde el hombre pone el brazo,
donde su sudor paraliza la mueca del verdugo;
los jóvenes con el tiempo minado de rebelión,
con la vida entregada,
los de edad despertaban contra tentáculo usurpador de empresarios.
Ese día los rayas,
que esconden púa venenosa,
me estaban persiguiendo.
¡Hijo,
el día en que vos naciste tu madre gritó de dolor y lloró de felicidad!
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