Las promesas de Prometeo

"Mucho ruido y pocas nueces. .."
Guillermo Shakespeare

El teatro nacional presenta la enorme ventaja de reservarnos continuamente nuevas sorpresas. Lo que a mí me sigue sorprendiendo, después de tantos años de asidua asistencia a las obras maestras de nuestros teatristas naciona-les, es la increíble e inigualable capacidad de regeneración que tiene nuestro teatro.

Desde que me enseñaron, en el colegio, a entender palabras complicadas y a abusar de ellas, recuerdo que se viene hablando -con carácter de urgente- del "resurgimiento del teatro nacional". Esto fue lo que se decía cuando llegó Paccheoni; eso fue lo que dijeron los periódicos cuando se estrenó "Huasipungo" y esto fue lo que se dijo cuando Paccheoni se fue. El mismísimo resurgimiento volvió a mencionarse cuando se creó la efímera -y sea dicho de paso, mediocrísima-  Compañía nacional de Teatro. Hablando siempre de resurgimiento se saludó el estreno de "La Loca Estrella", del Clan de Teatro. Tanto se acostumbraron al término los periodistas que, sin pensarlo dos veces, volvieron a hablar de "resurgimiento del teatro ecuatoriano" cuando se declaró "La Enorme Pereza" del Taller de Teatro Latinoamericano,

No tengo conocimiento de otro teatro en el mun-do que haya renacido y resurgido con tan sorprendente y sos-pechosa regularidad como nuestro teatro nacional. Si este he-cho puede ser, a primera vista, motivo de regocijo, a mí no me deja de preocupar ya que lleva implícito que, para poder volver a nacer -cual ave Fénix- de sus cenizas aún humeantes, el teatro ecuatoriano debe haber, otras tantas veces, feneci-do.

El renacimiento de nuestro teatro nacional -y, por ende, también su muerte- resulta ser un fenómeno tan regular y tan inexplicable como el velasquismo. La farsa de feria del velasquismo ya murió - ojalá definitivamente - por falta de actores. Los teatreros, sin embargo, siguen convencidos de que, ahora sí, el teatro va a resurgir y a desarrollarse en serio. Tal es, por lo menos, la impresión que puede adquirir uno pagán-doles la guayusa a uno que otro obrero de las artes escénicas. Mi impresión personal, adquirida a duras penas en las salas, no logra detectar ningún desarrollo artístico real.

Sin embargo, por ahora, partamos de lo obvio. Desde que, hace algo más de dos años, se inauguró el Teatro Prometeo - estructura vanguardista de hormigón al lado de una Casa de la Cultura de aspecto colonial (y no me refiero sola-mente a lo arquitectónico) - hay más teatro que nunca, y los grupos estrenan con asombrosa regularidad. Los teatristas ya abandonaron el uniforme de antes que comprendía, mayoritariamente, harapos y ponchos.

Por mal intencionado que uno sea - y confieso que he vivido demasiado para no serlo - hay que darle al César lo que es de él y confesar que el Teatro Prometeo cumplió con su principal objetivo: poner a disposición de los grupos un esce-nario digno donde el teatro pudiera, por fin, desarrollarse. Sin fondos y sin "expertos extranjeros". la Casa de la Cultura no pudo ofrecer nada más que el escenario, los técnicos, la propa-ganda, los afiches, las luces y los programas. ¡Como si fuera poco! Desafortunadamente, el desarrollo teatral lo tenían que poner los grupos.

Pese a las goteras que hasta hace poco caían en su escenario, el Prometeo está ahí, para que los grupos hagan de él el uso que les parezca. Claro que la gestión del Prometeo, tal como se ha venido llevando a cabo a lo largo de sus dos prime
ros años de vida, ha dado lugar a ciertas críticas, inherentes a la estructura de la Institución de la que depende el teatro. Prefiero referirme, exclusivamente, a críticas relacionadas con lo que no se llegó a ver en la "primera sala del país".

Pese a los desmentidos, corren bolas acerca de casos de censura en el Prometeo, cosa que no debe sorprendemos demasiado con los ti-pos de gobierno que nos fue dado padecer. Aprovechando nuestra incipiente democracia trincho me temo, tal coreo andan las cosas, que pase sin etapas intermedias de una "tasa incipiente a la decrepitud" revisemos las bolas antes mencionarlas. Me consta que una temporada "Misterio Bufo" de Dariu Foe que iba a presentar el grupo "Teatro Vivo" de Guateinala. fue prohihida. Me consta, igualmente, que el Teatro Estudio
Universitario renunció a presentar "El Siguiente" de McNally ante la imposibilidad de hacer una obra sobre la guerra del Vietnam sin utilizar una bandera norteamericana, símbolo cuyo aprovechamiento en el escenario fue, digamos, desaconsejado.

Me acuerdo también que, cuando fui a ver "Papas fritas con todo" de Wesker, que iba a presentar la Escuela de Teatro de Cali, me encontré con una huerta docena de rurales, cuyo súbito amor por el arte me preocupó. Y la temporada de "El Señor Prometeo" del Teatro Taller de Bogotá fue intervenida después de su primera función.

Me limito a mencionar los casos más evidentes sin entrar en detalles. Después de todo, si los teatreros no se preocuparon no veo por qué me debería hacer mala sangre yo.

Desde que se abrió el Prometeo, hasta hace poco, cuando a medio mundo se le dio por renunciar, la Casa de la Cultura venía manteniendo, a través de una Comisión Espe-cial ad-hoc integrada por Galo René Pérez, Teodoro Vanegas, Sixto Salguero y, de vez en cuando, Ricardo Descalzi, una selección artística que era, como podía preverse, ni chicha ni limoná.

Si bien es cierto que acertadamente se li-bró el público de perder su tiempo aguantando "Yerma" del TEE o "Los Espantos" del TAF, aparentemente no hubo cri-terio suficiente como para evitar hechos teatrales lamentables como "Los Inválidos y el Héroe Nacional", "El Puente" o "A la Diestra de Dios Padre".

Ya sé que dentro de un ambien-te teatral "normal" no hubiera habido problema: el mismo público habría juzgado las obras. Pero, lastimosamente, no existe todavía ambiente normal: la Capital de la República cuenta con una sola sala de teatro realmente accesible para los grupos, la prensa sigue elogiando cualquier obra, por mala que fuere, y empresas e instituciones siguen auspiciando y comprando cualquier pieza. Por lo tanto, sigue siendo con-veniente que alguien -y a falta de pan, la Casa de la Cultu-ra . ..- mantenga una selección artística, objetiva en la me-dida de lo posible.

Ya lo dijimos: hasta cierto punto, Prometeo cumple sus promesas, aunque bajo el lema (de siempre): "Algo es algo, peor es nada". Los que hasta ahora no han sabido cum-plir son los grupos. La producción sigue siendo esporádica y la calidad de los espectáculos es, a veces, vergonzosa.

Si bien el Prometeo nos tiene reservado sorpresas siempre nuevas, no todas estas sorpresas son agradables. Cuando uno logró, por fin, convencer a su media naranja de ir al teatro, en vez de aguantarse el último éxito de Capulina o de la Señora Emmanuelle, no sabe lo que le espera. En el mejor de los casos, la noche "de cultura" le asegura una semana de ternura y de pasión casi pre-matrimonial. En el peor caso, se termina en bronca hogareña.

Efectivamente, en lo que a su "nivel" se refiere, las obras no tienen prácticamente nada en común, aparte de una impoten-cia de creación demasiado evidente. El menú es variadisimo e incluye una selección tan dispareja como el teatro torpe y mal hecho de "Los Inválidos y el Héroe Nacional", o el teatro tra-dicional, pero profesionalmente ejecutado de "La Loca Estre-lla". Obras pérfidamente reaccionarias como "La enorme pe-reza ..." alternan con productos líricos de varias generacio-nes ha, como "Vida y muerte Severina" o con obras que pretenden, por lo menos, rescatar una que otra frase de protesta y denuncia, como "EI Milagro de los Inocentes". Intentos valiosísimos, además de valientes, como "Las Criadas", que pe-se a una actuación de calidad asombrosa carecía de una verda-dera puesta en escena, comparten las tablas con obras que no matan ni engordan, por insignificantes.. como "El Puente" o "La Casa Muerta".

En general, seguimos presenciando el teatro de siempre -es decir el de antes- pero con vestuarios más caros. Las soluciones originales que exige en cuanto a puesta en es-cena, un teatro circular, sólo se han dado contadísimas veces para ser -eso sí- inmediatamente copiadas. Yo, pobre iluso, esperaba que una mejor infraestructura --y, en este sentido, el Prometeo es una mejora- y el mismo desafío de un teatro circular resultasen en, por ejemplo, mejor actuación o mayor creatividad a nivel de dirección o de puesta en escena. Hasta ahora me he quedado con las ganas.

Claro que no soy lo suficientemente negativo co-mo para negar que se hayan hecho cosas importantes en el Pro-meteo: el recital de Wilson Pico vino a demostrar, hace poco, que pese al "Danzante" sí hay danza en el país; los montajes -inacabados pero originales- de Mojiganga rescataron la circularidad del espacio escénico: "Las Criadas" rescató el trabajo actoral interior, que hacía mucho tiempo que no lo habíamos visto puesto en práctica; el "Ubu Rey" vino a demostrar que con un director de peso hasta la Escuela de Teatro rinde ... Pero la mayoría de los montajes son productos de una lectura exageradamente literal y fácil, de soluciones escénicas demasiado evidentes, de una falta de autocrítica y de una incapaci-dad de sacar conclusiones más o menos pertinentes de expe-riencias anteriores.

Pese a todo, el hecho de que el Prometeo ya tiene su público y el substancial ahorro de no tener que arrendar el Sucre o la Sala de la Unión Nacional de Periodistas, significa una evidente mejora de las condiciones artísticas y económicas de los grupos, quienes, a juzgar por las últimas autocríticas, se creen en el séptimo cielo, a la diestra de Dios Padre. Pero este éxito o "resurgimiento" aparente, no impide que los problemas reales sigan enteros: no hay dramaturgia nacional, no hay directores, apenas hay actores y el teatro no llega don-de debería llegar. Mientras el prometedor Prometeo cumplió su promesa de ofrecer mejores condiciones, los grupos se queda-ron cortos cuando les tocó ofrecer mejor teatro.

Por encima de todo aquello, sin embargo, Prome-teo se ha transformado en una trampa, porque permite y fo-menta que los grupos trabajen exclusivamente para el público típico que llega a la Casa de la Cultura. Antes, mucho antes, cuando todavía no había Prometeo, los grupos se veían obligados a trabajar en barrios y pueblos, en colegios y hasta en cuarteles, para no quedarse con una temporada de apenas un fin de semana en el Sucre, o sea por pura necesidad. Ahora, confortablemente instalados en el ambiente "profesional" del Prometeo, ya no hay tal necesidad, y los grupos llenan gustosamente el escenario de pesadas e intransportables escenografías, verdaderos almacenes de muebles, para de-cir desde ahí sus líneas, sin preocuparse de que quienes nun-ca van al Prometeo ni siquiera entenderían sus estrafalarias divagaciones intelectualistas y pasando por alto los proble-mas bien concretos que van más allá de los 271 asientos de la primera sala del país.

Prometeo, pues, cumple, igual que el otro, por el mero hecho de estar ahí. Al igual que el Prometeo mitológico, terminó encadenado a una estructura institucional que, pese a todas sus "buenas intenciones", no tiene nada de popular.

Para que los grupos empiecen a cumplir, ten-dremos que esperar varios resurgimientos más. Y hace falta, entre otras cositas: una mayor formación, una mayor crea-tividad, menos divos y menos divas y harto trabajo. Por si acaso, trabajo teatral; si bien es justamen-te el menos vistoso y el que menos bien queda en libros y artículos. Trabajo de producción teatral, frente a un públi-co que no se encuentra exclusivamente en el Prometeo. Por-que, al fin y al cabo, una vez que el teatro ecuatoriano empiece a aprender, tendrá que aprender de su público, de su verdadero público: el Pueblo. Y cuando nazca por fin el teatro nacional -hablo del verdadero nacimiento, no de otro resurgimiento más- ya no hará falta el Prometeo, porque el teatro se hará encima de camiones, en casas barriales, en colegios, en plazas y mercados. Se hará en Chaguarquingo, en Quinindé, en El Puyo, en fin: donde no haya Prometeo. Don-de haya gente.