En el país de los ciegos

"¡Me jodiow!"
El Zar (Ordóñez) en "Ubú Rey"

Recién escribo dos notas en la Pedrada Zurda y ya me están diciendo de todo: que soy masoquista, que soy negativista, que soy extranjerizante, que le pido peras al olmo...

En fin: medio mundo me reprocha que, en cada entrega de la Pedrada Zurda, me demoro cuatro páginas -o más- en de-mostrar que no hay teatro decente en el país, creando así la dudosa contradicción que termino perorando acerca de algo que no existe. Para tranquilizar tanto inquieto, vayamos de una vez al granar hubo, en los últimos meses, estupendo tea-tro, hecho que me llena de alegría, créanme.

Esto no significa, sin embargo, que la situación actual del mundillo teatral sea, como quien dice, motivo de regocijo. Uno de mis cuñados me reprochó, una noche de tragos, que mis humildes críticas carecían por completo de visión de con-junto, que trataban las obras como hechos aislados, que pasa-ban de un estreno a otro sin buscar, entre ambos coherencia alguna. Terminamos, mi cuñado y yo, de quiños, pero después tuve que confesar que tenía razón él, pero que no tenía la cul-pa yo. Por más que me esfuerce, no encuentro relación al-guna entre los productos de los diferentes grupos, talleres, grupúsculos y solitarios que son los hacedores del teatro nuestro. Hay tal diferencia de concepciones y de conceptos, tal diver-gencia de enfoques, de estilos, seudo-estilos y lineamientos, que no me queda más remedio que considerar las obras como lo que, muy en el fondo, son: hechos aislados entre sí. Más aún, no me puedo deshacer de la impresión desagradable de que muchas de las obras quedan perfecta y absolutamente des-vinculadas de lo que se suele llamar nuestra realidad nacional. El hecho es, creo, bastante evidente ¿qué importancia podrían tener "Madre Coraje" o "Tartufo" a nivel del espectador medio, una vez que haya definido, para ambas obras, el común denominador de la insignificancia?

Más allá de la falta de relación entre el trabajo de los diferentes grupos -después de todo, cada uno tiene derecho a su "línea propia"- tampoco existe una línea clara de desarrollo dentro de los grupos, de un montaje a otro. Un grupo que hoy se dedica a obras de barricada, puede muy bien mañana estrenar un superproducto del teatro de bulevar, para pasadomañana sorprender a todo el mundo -inclusive a sus propios integrantes- con alocadas piezas grotowskianas. Con la con-dición de que no se estrenen autores nacionales, lo que debería ser la "línea evolutiva" de un grupo de teatro puede consistir principalmente en saltos y brincos, en rompimientos y que-brantamientos, y en continuos cambios de estilos, de directo-res extranjeros y de integrantes.

Con un poco de mala suerte, estamos definiendo uno de los principales malestares de la actividad teatral nuestra: la o-bra por la obra, o la obra por la plata, o la obra porque sí. De todos modos, un trabajo muy "a lo que salga", sin búsqueda orientada, sin evolución clara, sin desarrollo metodológico o formal mantenido, y, por ende, de muy escasa utilidad, considerando el rol que debería desempeñar la cultura en nuestro medio. Hechos significativos que se presentaron en otros paí-ses -el TEC, el Galpón, el Cuatro Tablas, para sólo citar ejemplos- nos son ajenos. Y es una lástima. Mientras la "joven guardia" en Colombia ya está enterrando, de hecho, una concepción excesivamente rígida de la tan mentada creación colectiva, nosotros todavía tenemos que poner la primera piedra de dicha corriente. Sigo creyendo que todo esto se debe, muy sencillamente, a la falta de grupos verdaderos. Ya veremos.

Antes de analizar, sin gentilezas, los tres hechos teatra-les más sobresalientes de la temporada 80 -"Ubú Rey" de la Escuela de Teatro, "Tartufo" del Ensayo, y "Madre Coraje" del Banco Central- saludemos, con retraso la obra del año, el acontecimiento escénico que más nos conmovió, alegró, alentó y entusiasmó: "Rumba meu queixada" del grupo Uniào Y Olho Vivo, que se presentó dos veces en el Prometeo; fue sin lugar a dudas el trabajo más ágil, más alegre, más emocio-nante, más nítido y más eficaz que hayamos visto en muchísimo tiempo. Hablando de buen teatro, de estupendo teatro, ahí está. Un trabajo tan sobrecogedor, tan íntegro, que en cuestión de horas devolvió vigencia a tanta palabrería que solemos gastar acerca de teatro popular y de teatro político. Ya ven que sí es posible: el teatro sí puede ser alegría, sí puede ser vida y vitalidad auténticas.

Me alegro también de que haya estado "El Galpón». Si bien los montajes son obras de circunstancia sobre las cua-les pesa un exilio ya largo, no dejan de ser limpias y fuertes, elocuentes y "divertidas", en el sentido brechtiano de la pala-bra. Es cierto que recursos como las diapositivas, de repente, aparecen como trillados o improcedentes, pero se nota, muy claramente, un trabajo envidiable de actores y de dirección, y una convicción dolorosa y profunda en cada gesto y en cada palabra. Al fin y al cabo de esto se trata, ya que el público no se deja meter gato por liebre.

Un tal Videla, criminal a tiempo completo, nos mandó el Teatro San Martín de Buenos Aires, con el propósito lamen-table de mejorar la imagen de la dictadura platease. O sea, de entrada, una rechazable intención putesca. Me contaron que las obras, sin embargo, valían la pena. La única que vi -de Lorca, asesinado por una dictadura similar a la que dicha ope-ración pretendía defender- corresponde a un teatro burgués técnicamente superior, de muy alto vuelo, con un trabajo actoral para chuparse los dedos.

A estas obras me refería cuando mencionaba, al princi-pio, lo de estupendo teatro. No creo que sea coincidencia si este buen teatro nos vino desde afuera.
Ya que la avalancha cultural de la Semana de Mayo me dejó medio turulato, cubriré con el piadoso manto del silen-cio uno que otro montaje que hubo o que dijeron que iba a ha-ber, para dedicar lo que me sobra de espacio a tres obras que tienen en común el apoyo decidido de una que otra institución y una dimensión bastante inusitada en cuanto a los re-cursos: "Ubú Rey», hecho por la Escuela de Teatro de la Uni-versidad Central; "Tartufo", hecho por el Teatro Ensayo y "Madre Coraje", hecho por el Seminario de Teatro del Banco Central.

Cuando vi Ubu por primera vez, poco antes de que sa-liera a la haz la Pedrada 2, me gustó, sobre todo, la riqueza de recursos imaginativos. Me pareció valioso también que, por primera vez, después de la malograda "Opera de Tres Reales" de Brecht, los alumnos de la Escuela tuvieran que enfrentar una obra completa, compleja y, digamos, instructiva. A medida que me repetía la obra, sin embargo, mi desengaño iba creciendo y me quedé con una incomodidad que persiste has-ta la fecha. Si bien se trata de un montaje rico en recursos tea-trales, las fallas son igualmente abundantes. Es cierto que al-gunos actores trabajan concienzudamente: Victor Hugo Gallegos, Franklin Rodríguez, Juan Carlos Terán son, al fin y al cabo, actores. La inmensa mayoría del reparto, no obstan-te, alcanza apenas el nivel de los extras en una telenovela me-jicana, lo cual da por resultado un nivel promedio bajísimo y en algunos casos absolutamente lamentable (la Madre Ubú es una vergüenza teatral), Puedo apreciar el trabajo del director en lo que a puesta en escena se refiere, pero, como trabajo de una escuela, me hubiera gustado un trabajo más colectivo, más compartido y, sobre todo, más parejo. Y la escenografía -vo-luminosa, lerda, intransportable e ineficiente- que olía a im-portada que daba gusto, me chocó por cuanto le quitaba a los actores todo el espacio que hubieran podido aprovechar pa-ra actuar. Tal vez, cambiando las tres cuartas partes del repar-to y llevando todo el mamotreto al Sucre, pueda salir una obra de ahí.

Hablando de mamotretos, ahí estuvo el "Tartufo" de Molière, que presentó el Teatro Ensayo bajo la ¿dirección? de Roberto DA mico. Una obra que sólo puedo calificar de ex-cepcional, ya que constituye una verdadera hazaña hacer un Molière tan aburrido (y un ,programa tan grandilocuente). Coctel harto inverosímil, cono bailarines pésimos, algunos ac-tores abominables, actuación hipermarcada y perfectamente mecánica, con el típico sabor amargo que produce el operativo comercialista, sin convicción ninguna. No es la primera vez que el vestuario resulta ser lo único rescatable en un montaje del Ensayo. Sin más, porque el tema es profundamente desa-gradable y hasta indignante: un éxito taquillero, sin valor, re-sultado de una operación paternalista (El Director Extranjero) profundamente equivocada, y de una estupenda campaña de fi-nanciación y de venta de funciones.
Si Molière sobrevive a este montaje, se podrá decir que es en verdad inmortal.

"Madre Coraje" merece una crítica despiadada, por va-rias razones. En primer lugar, porque es la primera vez que una institución de Gobierno apoya de manera tan decidida y tan masiva al teatro nacional, y el resultado creó harta expec-tativa. En segundo lugar, porque se trata del primer Brecht que se hace en el país "con todas las de ley", y sigue habien-do bastante gente que a Brecht le pone velitas delante del re-trato de noche. Y en tercer lugar, porque "Madre Coraje" es una obra hermosa, simplemente, porque es hondamente huma-na. Se estrenó en la Semana Cultural de Mayo, en un Sucre lle-no hasta el gallinero, en medio de los ronquidos de la asisten-cia. Tres hechos que ya condenarían la obra al tarro de basu-ra, pero, en vista de los capitales involucrados, entremos en al-gunos detalles.

El hecho más sobresaliente es una pesadez teutona a ultranza. Las maniobras y maromas que .hicieron posible tan-to aburrimiento son varias: una simplificación inepta de los personajes, un tratamiento sin ningún desarrollo histórico de los caracteres, de los elementos y de la utilería, el mantenimiento a pesar de todo de partes musicales aunque fuera sin cantar o con música inadecuada... en fin: una acumulación de errores de "dirección, todos fundamentales. El esfuerzo de los actores es, sin duda, sincero, pero no va más allá de una etapa inicial de un montaje sin desarrollo, sin búsqueda, asentado precariamente sobre unas maquetas de personaje sin ninguna profundidad. "Yo, pobre Bertold Brecht..." sin lugar a dudas. Si tal es el resultado de un seminario masivo de recursos finan-cieros generosos, diríase que no queda más remedio que volver al teatro pobretón de antes. Aparentemente, el trabajo tam-poco sirvió para atraer nueva gente, ya que varios de los acto-res se tienen que encargar de varios papeles. La obra sí sirvió para demostrar, una vez más, que en nuestro país los modelos no sirven. Esta copia fiel del "Modelbuch" alemán no deja de recordar el "Tartufo" clásico: nuestros actores no pueden ni deben emular a los del "Berliner Ensemble" o los de la "Comédie Française", y las tradiciones no se inventan así no más. Hagamos, pues, teatro nuestro, teatro que entendamos acto-res y espectadores, teatro que corresponde, aunque fuera mí-nimamente, a lo que somos y queremos. Dejémonos de burdas imitaciones y olvidémonos de éxitos de Broadway, de París o de Berlín. Creo que se hizo un serio daño al maestro Brecht al equipararlo, en el tratamiento, con lo que se hizo hace algún tiempo con "Equus", o al enfocarlo como D'Amico lo hizo con Molière, en base a la suposición de que si funcionó allá, tiene también que funcionar acá.

En medio de un paisaje desolador florece, con una hu-mildad que de repente resulta refrescante, un hecho raro: unas "Crónicas del Desamor", bastante desiguales por cierto, donde destacan un buen actor -de lo mejorcito que anda por acá- y dos textos de gran solidez (uno de San Félix, otro de Pérez Torres). Si bien, a estas alturas, el monólogo me parece algo así como un subgénero, que contradice la ética colectiva que caracteriza -hasta cierto punto- el teatro latinoamericano, sí bien los elementos musicales son gratuitos, el trabajo es digno, lo cual no es poco decir.

Mientras los actores "comprometidos", o que pretenden ser tales, siguen cobrando treinta latas en el Prometeo, el tea-tro burgués, que no tiene por qué escatimar en gastos, saca al público burgués un billete completito de a cien para que contemple las maravillas del Patio de las Comedias. Ambiente afelpado con brillos de cromo, para obras de bulevar por acto-res orgullosos de su estatus de amateurs. El "Patio" es un signo de los tiempos, apenas superior al teatrito Humoresque donde la burguesía del puerto, principal- como se la denomi-na ahorita- va a darse de culta y de liberada.

Y sin embargo, miren: el teatro ecuatoriano tiene sus cosas bien propias, bien auténticas: tiene un público que no se va a encontrar en ninguna otra parte; un público que, en su gran mayoría, nunca ha visto teatro y espera espectáculos buenos en los pueblos y en las ciudades de provincia. Tiene una pobreza enriquecedora, que obliga a buscar soluciones o-riginales, nuevas y elocuentes. Tiene un montón de inquietu-des que no se pueden pasar por alto así nomás, alegando pre-ceptos caducos y presupuestos estelares. Tiene, a favor suyo, el caos, el vacío, la falta de tradiciones esclavizantes y la pobre-za objetiva de nuestra formación y de nuestra infraestructura cultural. Mientras no haya teatro ecuatoriano, seamos "viet-namitas". Aprovechemos cualquier pendejada para hacer tea-tro verdadero, sin mentiras, sin engaños. Si es necesario, robemos, manoseemos, cambiemos, rechacemos, cuestionemos, pero, por favor, no nos pongamos más peluquitas y zapatos de tacón para creernos súbditos de algún Rey Sol. Tanto "Tartufo" como "Madre Coraje", cada uno a su manera, son enga-ños al público y ambos demuestran cuán mal va, en realidad, nuestro teatro. La alienación cultural se asoma por donde menos se la espera y, hasta ahora, sólo le llevamos una mínima ventaja porque las reconstituciones de obras maestras ajenas resultaron -felizmente- aburridas