El concierto infame (o la guerra inicua)

Los canes de la falacia acui fauces de caballo en su rienda de pasillo cronológico; arrinconan su bramido en tretas de envejecida sialorrea ponzoñosa baba emponzoñada que imprime - necrosando íntimas lágrimas de papel- las lágrimas de papel, con el más repugnante atuendo de una mano que intitula -mano temblorosa de sucedáneos versos tumefactos- igesta!; las gastas de una rebosante inicuidad que irreverentemente ofrenda, con vaga velocidad, al corazón ocupado de múltiples tormentas, una lapidaria multitud de sofocante mentira socaliñas jugarretas de garra bajo el guante.

De un instante -instante cruento acarreado de severos pesares- en siniestra desesperanza: el eje de la deambulación en franca zozobra, la atávica descendencia empuñando en divina seda las muecas ardorosas de un historial empañado de indebidas acciones, vuelto al todopoderoso, el rostro luctuoso y debilitado en rictus repetitivos de noche de penalidad y culpa, señalado por el fatuo vaho de una aparición virginal que amasijaba cuerpo de derrota, a pesar del derredor de crisantemos tonsurados que aventaban aliento a su demacrada inventiva de subastador de bienes impropios; en un instante aparejados en el vilo del balcón temporal, los incautos elegidos, arrasados por la furia incandescente de humano fanatismo, emergiendo de un tiovivo de múridos ateridos de opiparidad y hartura, ebrios de fulgor y sol equinoccial en las alturas, hincados de frondosa incredulidad de sí, y pasmo alivianados de un pretérito acusador que los barría hacia el abismo, ahítos y espeluznada la conciencia, voceando, apurando un vendaval de repetición para, exportar sus venas patricias, su valeroso amor por el suelo; con apenas minúsculas astillas de símiles sonrisas envenenadas  en inmenso atievo, prendieron incongruente silbo para reclamar la luz, encontrar la verdad en comunión y encarcelar el agua del río en un trapo irreal de obsoleto significado.

El territorio al alud es torna solo, no pide limitación el árido ventarrón, ni los espesos remansos que el día pueda dar sobre el calor buscan frontera. Hacia el espacio avanzan las exuberantes ramasones de vertiente vegetal para permitirse el cielo con su ejército de aves, ocupan sin tímida parodia pantanales y riberas las patas de los pumas -las maquis de los pumas-respirando el húmedo zarzal, e único junglar sin cerca e infinito -.

¿Quién?, acogotando el cieno al yunga del lugar, en inicua procedencia y procaz presentación de fusta jactanciosa , puso en blanco de exterminio pies de ofensa y raíces explosivas ¿Cuál?, obtuso de salitre compulsión en las chequeras, parapeteó pregones de educación, comenzando por acallar la voz de los naturales sonidos con que el hombre sonroja a los vientos, zarandeando el sueño con espuelas, sacudiendo la ira con escopetas, convocando con monina insinuación un lodazal de hienas pendencieras y ciegas al dolor y al ritmo emocional de una palpitación sangrante ¿cómo?, hombres de penalidad sin techo, trocamos la maldad en fe y puestas las metralletas al entierro, vienen y van, como mariposas alfilereadas, exiguas razones de estandarte e inquietud que al fin: grilletes al caminar el paso, lagañas en el amanecer.

No se dirá que al caer el patio de una tarde en cuesta de nuestro jardín ajeno, el sucio arrimarse a las sombras que impregna el ritual del poder -no al vivir sino a la muerte- hayan bordado una mitra de terror.

No es la garra interna una casual preocupación blindada ni un entrenamiento fugaz que la conciencia, en goznes adoloridos, pueda abandonar en su lecho... callar, ocultar.

Las mulas de la ganancia reptan poniendo tinta de esclavitud sobre los corazones, buscando rostros de masivo clamor para entristecerlos  incendiando con odio el placer y la pasión, envenenando la paz de los esperanzados sembríos, disparando a quemarropa la integración, pretendiendo borrar la salida del sol, la erupción conjunta del Ande.