Para llegar a IPIALES hay que pasar un
río
que tiene piedras en su orilla norte,
piedras en su orilla sur
y un puente de malvados cancerberos al
acecho.
Para llegar a COTACACHI hay que saber
chispiar
remordiendo en la cuesta las lágrimas
del viento.
A ambas ansiedades se llega con
aguacero
o sin aguacero,
basta con dejar en el terruño
un beso a las cucarachas del olvido.
Para ANTONIO COTACACHI y JOSÉ IPIALES
llegaron balas de muerte en la fábrica
Vicuña.
No sé si besaron su mujer por última vez
en el terruño
o si sus hijos olvidarán este crimen de
Estado.
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