Al final de la calle Valparaíso, en las escalinatas que dan al Don Bosco, existía hace no mucho tiempo una cue-va, dicen unos, una gruta de luces espectrales y sin fondo, comentan los más y hay quienes hablan de una verdadera boca de lobo que temían pasar en la noche los moradores más valientes.
Fue mucho tiempo después que este sitio desencadenaba murmullos, comentarios y sospechas insólitas. Al principio sólo se recordaba el escalofrío al final de una noche de bru-ma azulenca o ese golpe de aire que nos revuelve las entra-ñas al amanecer. Al filo del alba todo era tan normal como el repicar de las campanas del Oratorio Festivo del Don Bosco.
Nadie pensó que lo que fue al comienzo un frío en la columna vertebral acompañado de la señal de la santa cruz, se convirtiera con el pasar de los días y las noches en una presencia que combinaba la represión y el encantamiento. Los jóvenes, sobre todo, eran presa de una atracción ine-vitable y eran los que más poder tenían para encontrar lo que no esperaban.
Poco a poco el barrio, saliendo del ritual diario de la Ga-llera o el encuentro nocheraniego en la Esquina de los Radios, se fue dando cuenta del fenómeno. En las noches de luna tierna o de luna llena, cuando el maullido de los gagones azotaba las curvas de los techos, en esa esquina de la cue-va misma, una columna de humo brillante, como el velo de una novia, se proyectaba vacilante y silenciosa, confun-diéndose con la neblina. Esos momentos coincidían con el pungente y reconocido olor del pan caliente de las panaderías del contorno.
Después, como el haz del reflector de cine, la luz daba entrada a la sombra y a los matices. La luna parecía des-cender convertida en sombrero negro, en clavel, en cuerpo de amazona cabalgando sobre la niebla fosforescente, entonces se le veía clam y perfecta, con los muslos de cristal y un ros-tro de virgen, a la Bruja Voladora.
Ella huía y perseguía a la vez, era fea y radiante, atormentadora y dadivosa de placer. Era el infierno y el paraíso juntos. Los jóvenes casaderos, todos sin excepción, decían, y era en lo único en lo que estaban de acuerdo, que los celos y la envidia se vetan en ella unto los rasgos que más la distinguían.
Fue la época en que todos, viejos y jóvenes, fueron formando parte den espacio, la primavera lunar de lá Bruja Voladora y hasta llegaron a encontrar en su rostro el rastro de una novia frustrada. Murmuraban que se parecía a la Conchita Egas, a lá Marisol Mogollón, a la Lupita Contreras, que murieron sin coro~ varón
Las madres y las abuelas, en cambio, con furia y con brutal instinto, prohibían a los hombres, sobre todo a los jóvenes, que ni siquiera pensaran en eso, peor en ir a la cueva en las noches lunares o deambular por las escalinatas que suben a los cielos. Ir al Itchimbia ya era una provo-cación y ellas rogaban a la Madre Auxiliadora, que proteja a sus varones.
Pero todo fue en vano, porque la Bruja Voladora llegó a dominar el aire y el hipnotismo. Repudiaba a los viejos y atraía a los jóvenes casaderos. Los que la veían quedaban paralizados y terminaban despertándose en la boca de la gruta, perdiendo la memoria de todos los amores presentes o pasados y si estaban de novios se precipitaban en un inme-diato y rápido matrimonio
Nadie sabia qué era realmente lo que les sucedía o lo
que veían los que terminaban amaneciendo en la cueva. Pero una cosa era cierta: se casaban pronto y con la misma vio-lencia y rapidez con que se desposaron, se les morían sus es-
posas
Fue la época en que la estadística asignaba a La Tola ser el barrio con mayor número de viudos.
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