Cayó de pronto pesadamente en la tierra con los granos de maíz en la mano. Me acuerdo que las gallinas se aventaron para un lado, cacarearon y chillaron un rato. Luego, como que si nada, regresaron y picotearon rápidamente los pocos maíces que le quedaban.
Era ya por el atardecer. Los árboles se estaban volviendo negros. Yo venteaba el aire, pero éste como que no había. El cielo era de un azul como cuando se hace un mantel con todo el pliego de papel seda.
Mi abuela sacó al patio una silleta y sostenía al viejo a fuerza de sus brazos. Parecía no creer que se hubiera ido, daba aletazos al aire con el sombrero, pero él no revivió. Yo sentía que una cosa blanca y fría me entraba por la cabeza primero, después por todos los huesos, hasta mis pies. Yo caminaba por el patio sin querer
ver esa palidez; como queriendo volar.
A él le gustaban las plantas de sanpedro que había en el patio de allá atrás. Ahora no se ve nada, pero me acuerdo que sí habían. Se ponía contento cuando florecían por Mayo. Me decía: "Mijo. Me voy a bañar con flores. Porque si a mí no me dan las plantas algo de magia, es al güevo. La tecnología se ha convertido en la divinidad. Esa es la ley güevona de la ciencia".
Tenía una larga barba, como la de los santos que hay en la Iglesia.
Si yo jugaba al toro, él era el torero correteábamos hasta cansarnos.
Criaban al sanpedro como droga, se curaban ellos mismos el reumatismo, la tos y la tristeza. También curaban a las gallinas. Al atardecer, cuando yo veía en la loma que el sol se acostaba entre las yerbas y las flores, los abuelos subían a dormir con éstas, que se arremolinaban donde más no podían. Estaban acostumbrados a vivir en compañía y la pasaban como en familia con el canto de los animales y con las plantas venenosas.
Por eso creo que soy rayado; pero no renegado. Ni para dentro ni para fuera. Ni me importa lo que dicen esos curas. Porque yo aprendí de mi abuelo.
Cuando florecen los sanpedros, salgo a vacilar con la luna, me gusta caminar hasta la madrugada por el pueblo. Me gusta eso porque me olvido de la triquis que me da y siento alegría de que el viento, la luz de la luna y el vicio me acompañen.
El otro día, caminando con la luna, me acordaba que no hubo pintores en San Antonio, porque no había quién cultive estas plantas sagradas. Nadie había hecho estudios en la mitad del mundo, solamente mi abuelo. Un día de estos cuando se asome, le llevo a que vea comer chicha con trago y nos vamos en la buseta hasta allá; para que nos pase la cuca.
El sanpedro corrompe, es la mística, la magia tártara, la salud para el cuerpo y para el pueblo. Cuando sea mayo, cuando florezca, yo le llevo a la zona y nos quedamos en el campo con unos ponchos para poder ruquear y al otro día le puedo llevar a donde están los gallos salvajes.
Cuando salgo a caminar con mi ñora y le digo que vea donde florecerán los pedros, ella se pone como canción de cuna, porque también sabe de la energía del mescalino veneno.
Mi ñora cree que yo le quiero más a la droga del sol que a ella; pero es mentira, porque a cualquier hora en que acabe de vacilar, a esa hora, llego donde ella. Siempre se hace la dormida, pero sé que está despierta, que me siente, porque cuando le acaricio con los dedos el pesebre es como que temblara -¿qué quieres?- siempre me pregunta -le quiero a tu pesebre- siempre le contesto-. Así nos podemos dormir un rato.
Cuando paso por psiquiátrico y veo a los pedros que florecen en el jardín, sé que ya es Mayo. Yo nunca tuve ojo en mi vista, porque tengo otras cosas como descifrar a mi mujer canela, y además le quiero a mi guagua - don Rajorolis-. Me han dicho que al Tiro Fijo de Colombia también le gustaba el sanpedro y la música, que por ambas cosas se murió, don Rajarolis. Dicen que en un vuelo de sanpedro bajó a la ciudad y se robó un radio. Fue ahí que lo sitiaron. Y por eso es que yo me quiero ir a Galápagos.
Mi abuelo era también mago. Se ganaba la vida haciendo ramos de flores de papel de luna. Se llenaban los cuartos de flores de papel y de gallinas. Todo parecía una fiesta. A veces las hambrientas se comían el engrudo y me tocaba hacer otro. perol; también yo compraba el papel en el bazar de un viejito que tenía en su patio la planta de la Biblia.
A veces llegaba el Tieso. Ni bien llegaba parecía que toda la casa se ponía borracha, hasta los árboles parecía que silbaban. Asomaba siempre con su guitarra y con bastante trago. Se ponía a joder a las gallinas ya lelas de tanta chicha. Por la madrugada hacían arroz y se quedaban dormidos de tanto conversar.
Me contaba el Tieso que un día fue al psiquiátrico a conocerle al que hizo el himno a Esmeraldas; y que justo ese día que lo conoció, llegó un cura quietito con una capa morada echando bendiciones como diablo con agua mojada y que uno de ellos se asustó tanto que se lanzó por una ventana y cayó gritando a tierra.
Yo también los he visto desde lejos, ellos alzan las manos y dan griteríos; e_5 como que quisieran volar. Del guanto sí ni me hable, don Rajarolis, que ya mismito llegamos.
Oía yo que los indios de la isla Puná y los del Chimborazo se comieron ni sé cuántos arrieros, que caían de pronto por tierra con sus cuerpos como gelatina, muriéndose de risa, aplacando incendios leyendo libros gigantes en letras góticas maldiciendo a sus familiares ya muertos conversando con ellos o aplastando con pie y dedos a hormigas de a mentiras que subía por sus ropas. Así, de esta manera, se llevaban las cargas y las bestias.
También oía yo que por allá, por el Memé unos gringos se habían preparado uno traguitos de guanto con bastante azúcar. Entonces es que les llamó el monte. Y no
sólo el monte, sino todas las culebras y lo bichos que hay...
Aparecieron al otro día hinchados como globos morados, atascados en los lodazales en los cercos.
Pero qué nota don Rajarolis, o sea que si Rumiñahui les invitaba a los españoles
un traguito de guanto, para ellos y para sus caballos, ahorita a lo mejor estábamos en el reino de Quitus, con tesoros y vírgenes y no tendríamos que andar en este solazo removiendo las ruinas.
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