Como quien fuera a visitar. Terceto

Y va la tercerita. Aver Tapia, Tócale...

Bueno, tercera parte: para el que parte y reparte y para repartir tiene Arte qué mejor que la tercera parte; tan fino y dulce es mi arte, como el pasillo: "Nunca deja-ré de amarte". Aplausos y punto aparte

Entonces vamos a formar este nuevo ser literario, o destituitario, contra todas las navajas del pescuezo; contra casi todas las pasiones venéreas; a favor de tutas las tachuelas que se puedan introducir en una nalga ma-gistral; a satisfacción en bolero de que a ningún meque-trefe de los consacidos y duchos y conobidos de las le-tras, les hubiese gustado ni una sola línea de estas torci-das y maltrechas que yo escribo punto aparte

Para hacer un resumen, a ciencia abierta, perdón, a vuelo de ave -a caldo de gallina, como decimos- de los dos capiteles anteriores, es decir, de los cutules aque-llos, del Recuento pues, del "como quien fuera a visi-tar..." a unas cholas bailarinas en la loma del Tablón... tán tán. Del cómo nó, vele aíh, con su pluma de perico hecho el crudo narrador, si mas bien ese man, mejor que tirar letras, debería sostener anzuelo y pescar empleo público para sus gastos de matriviazgo y nomonio... o también, con un buen vino a tirar como un felino con las chicas de a millón, tán tán punto aparte

En fin, en sintética y simbólica, es el viaje que rea-liza el más alto de los poetas ecuatorianos (en altura y pelos, por supuesto) hacia el hogar del más grande de los poetas... y su abrazo. Ahora que no todos tengan la suerte (?) de contar que le han sentido a Vallejo en el pleno zaguán de su casa, no es culpa mía, (i!) que se co-man mierda por eso, a pesar de sus eruditos escritos, sus paseítos a la campiña, la roseta de oficina, el sueldito de la U, la señora admiradora que le manda tarjetitas, las tertulias de las diez, y así, tal vez, después... un puestito de agregado en la embajada de parís, tán tán punto aparte

Así visto y encontrado el amado poeta, el que puso sobre mi' sus manos por las que encontró gérmen de creación, la página, comprendí el mensaje de la siguiente manera dos puntos si Vallejo nació un día que dios estu-vo enfermo, de seguro se murió el día que el supremo se sanó... y me fui caminando con semejante cavilación en el bolsillo de pecho de mi camisa, en donde además guardaba algunas hojas de oliva para amarrarme en la herida. De ay es que bajando por la vereda del amauta, vate y shungo de los Andes que ya habíame topado, ras-pé con todo el hombro la cal de la femenina fachada familiar, bajo nuestro graffitto de homenaje, hasta la esquina. Saqué la brújula del azar del ratero de las seis pe eme, quedé con el coco güero, parado en pose de pilla vacante, me arreglé las medias calcetín con quiebres de balletista y analicé profundamente, dos puntos a la izquier-da está el hotel de posada donde había dejado unos cua-tro trapos con unos tres papeles y unos doscientos soles por dormida; a la derecha el perro remendado de injuria en retirada de Santiago; arriba la barriga; abajo el gargajo; qué carajo, me dije, mejor me voy recto, y yo que me voy de recto, entrando hacia el arco corvo de los puestos del mercado, andándome un poco chueco por el tostado, oyendo un huayno certero de trino en labios de una fonde-ra, medio golpiado por dentro yo preguntaba Dos puntos en dónde estará el Cesitar (?), "a empeñar los anillos fa-tigados". En qué hueco para, para poder pasar por aíh (?) "en el juego de dados eternos".

Voces de sitio me acorralaban entre las canastas y bolsas de afrechillo. Al filo de una teja recta el quinde de la paz sorbiendo el oro de los cuatro suyos llamaba al aliento del sueño. Todos friendo su proceder al término del jugo del día. Yo, tenía que buscar un hueco para chupar, masqueseasolo, a la final no hubiese sido la pri-mera vez que me falte una dama a quien cortejar por entre los ecuadores de sus mejillas, pero qué más daba, me fui bajando enrolla que enrolla la cuesta, llegué a la plaza de armas con su maravillosa torre de terrón que ya no existía, crucé por la calle del otro lado, seguí bajando, pasé una tienda de abarrotes que colgaba como espanta-pájaros de papel crepé, unas tres piernas de pernil bien adobado y oloroso, paré, entré y dije Dos puntos buenas tardes señora, véndame una cajetilla de full blanco.

-Entre míster, me dice, qué bien que ha sabido hablar el castizo pes, bonitico, cuánto habrá caminado pes.'.. Ve Orocio -le empuja a un guambra de colegio que se arrimaba con los codos a un quintal de harina- traéle al mister una copita para que se caliente;

-Gracias mi señora -le contesto- pero no insulte así, le ruego, del norte soy pero no es para tanto;

-De dónde viene pes, yo creyendo que es extranje-ro, por eso es que le digo pes, no ha sido por ofenderle;

-Así es mi señora, pero yo, por visitarle al Cesitar nomás me vengo del vecino de arriba, no crea que voy a poner una salchichería. Y cierto, no le ha visto pasar al poeta (?);

-Ay callé nomás vea señor, yo misma no le he visto, ni le conozco siquiera pes, siendo hasta pariente, pero pregúntele al Orocio, él tiene que saber, como pasa siem-pre afuera haciendo zapato la vereda pes.

Es cuando llega el Orocio con un terrible hervido de matico y puro que me hizo temblar de las ganas.

-Ponéle en la mesa -le mandó la señora-.

Yo me senté sobre una carga de papa blanca, agarré el vaso con el olfato y se me olvidó el pernil que lenta-mente se mosqueaba en el umbral paru tomar un sabor más especial. El Orocio se sentó amilado con otro po-tente trago y desamarró su lengua con los decires de Cé-sar Vallejo: duende de los poetas, polvo áureo de las mari-posas moribundas. Se encendió de pronto, cogió el vaso con las dos manos y se puso a recitar dos puntos

"Este cristal aguarda ser sorbido
en bruto por boca venidera
sin dientes. No desdentada.
Este cristal es pan no venido todavía.
.........................................................

Este cristal ha pasado de animal,
y márchase ahora a formar las izquierdas
los nuevos Menos.
Déjenlo sólo no más."

Terminó de declamar. Después, metió mano entre la tabla del escaparate y sencillas moscas que, ante la penuria del vuelo querían, en las roncas alas de respiración de Orocio, posarse a chupar miel de los anteriores versos. Se levantó como una exclamación de media que se rompe en el filo de la uña larga del dedo gordo, tiró una mirada con sus ojeras a mis mojadas liendras de sudor, por madu-rar en lloro, y enseguida, arrimándose a la sombra que dejó la puerta al abrirse, brincó sobre el espino de la pen-ca colgada trás la suerte tallada por afinadas larvas de po-lilla, y se fue. El momento se estacionó y sentóse con sus rodillas de impaciencia a mi alfrente. Quedé lelo, como siempre cuando me pasan estas huevadas. Ya estaba yen-do a salir, y me iba a parar para recoger un maullido de garganta malagüera recostado entre dos huellas de maíz que habían saltado al azar de un costal hueco; estaba por agacharme, cuando súbito, corriendo brutalmente como quién huye de los chapas, entra Orocio a la otra vez de su partida, con toda la obscuridad agarrada en las manos, desnudando el pellejo de sus labios, me llama con la cabeza, haciendo la señal de quién ve bailar algún tipo de cruz. -Tráeme una bolsa que tenga un poco de afrecho de harina de castilla empolvado y ábrela, como a una doncella su primer semen le fuera a ser donado- me ordenó.

Pucta y ahura, dónde me consigo esa noticia -le pre-gunto asustado-. Pero ya, antes de nada, la señora de la tienda viene lista y, como que fuera de coger capillos, vuelca su bolsa de afrechos de razón hacia los pulpejos en que Orocio no podía sostener todo el vientre embaraza-do de la obscuridad. Aíh está tu cojudez -me dijo Orocio aliviado- mañana habrá pan negro en la región, sal nomás, azúcar nomenos, afuera ya clarea el barrendero y te espera la Georgina arrimada a un viento del Sur. Salí y en efecto, afuera ya estaba azuleando, el reloj apenas iba a cumplir las doce en la noche. Qué nota -me dije - y me alejé medio mamado al sitio en donde me alojé.

Claro está, por favor, lector; no se vaya a interpretar que el asunto de narrar, es más suave que el proceso que de leche se hace queso. Dirá usted, pero, qué es eso (l?).
En realidad, para qué también, no ha de ser el pri-mero, señor, o bienvenida dama que, de sus cultos insaberes y de las mejores de sus nalgas lo reclame -respec-tivamente por entendido- (i!) ya que, si no está claro, comprendo que es por la suma tristeza que le resta como-didad al bien perito lector que, de buen humor o mala gana, haya tenido la proeza de seguirme el paso hasta es-ta tercera parte (i!) por mí, a lo que me atañe, digo es un heroíno, o será una héroa, pero del sex que sé, co-noce alguno de mis callos: FELICITACIONES.
Fue triste digo, y así es, porque yendo a la pepa, recuento que, luego de una época un tanto hipopótamo, en la que, a fuerza de huerfandad voluntariosa, salimos con las tres campanadas de prenuncio de gallo, y no re-gresamos más, hasta el rato que volvimos con el rabo entre las piernas de mujeres amadas y las narices puestas dentro de los más nobles anos, a templar los cueros de las caucaras enfurecidas, a suturar el pescuezo del puño izquierdo, a pintar las paredes en los poemas de chamitud y justeza, a no negociar, a perder por el amor la causa, la musa por la corneta, las rifas por la retreta y a golpe de gargajo y bragueta acorralar y echarle fuera a la maldita carcelera.

De esta tanda temporal serla el personaje principal de la tristeza en que nos vimos envueltos: ni más ni me-nos que un gran rejoneador de los platos sucios que, ha-biendo ido a Madrid, perdón, a Niu Yor, con la visa de pariente en la nariz, supo de los placeres enjabonados del resto/aurant, el sabor de un troncho de bistec dejado por el empachado cliente, la satisfacción meticulosa de llevar hacia el mantel la servilleta, retirar la tasa del rema-tado café, decir tankiu veri moch, y, a la descuidada, al-canzar la espalda de la puerta del guater del resto/aurant, para íntimamente repasar con las yemas de sutil cachiporrero, la verde wash in ton propina.

(enes tosins tantes eles critor seaca bade olvi darlo quees taba tratan doy tiene quevol vera releer loano tado para verqué eslo queac ontinua ciónva apo ner)

Aqueste mentado individuo, del cual hacemos histo-ria, era ni más ni menos que un común quiteño, nacido por la conjunción, encuentro y postrer apareamiento de un joven soñador (meimagino), venido a la Capital desde las campiñas melancólicas bañadas por el Cutuchi, y, una señorita emprendedora y de armas tomar que, atraída por los relatos empresariales de la ciudad, llegó desde norteñas lagunas, del blanco poblado cuna de Pe-dro Moncayo y Esparza, en una flota imbabura, que sur-cando a brinco cojo el camino de hace años y después de haber toreado las curvillas de Otón, desembarcó, sin mar, pero un poco mareada, en pleno boulevard, hoy ex-anti-gua tuentyfor, novísima avenida intercord il ¡eras, que une los atracos del durán ballén con las patrañas del último en función, heredero directo del apellido de Adán, que como todos sabrán, ni corto ni perezoso se comió la man-zanilla de Eva, y trincándole el Señor muy celoso, a gui-ño y puntapié le dijo: no serás más mi hijo y en adelante, cabrón, perezserás, con dos tildes a la fecha en que ocu-rrió el suceso. Así no más la cuestión.

Pero por favor, lector, no se crea que estoy yéndome . contra ningún prelado, no señor; tampoco contra posible autoridad, no ha de ser que semejante cosa pueda suceder; lo que si puedo asegurarle es que se encontraron, ya verá, por gélida casualidad, los amantes, tomando helados de mora en la tienda de mama Andino en pleno San Agustín, un día 8 de Santo y Gloria del año de mil 93ta y dos.
Imagínese lector, a la damisela, toda de lila en Domingo, bajo el fuego fragoroso de deleite y florilegio de tan noble Cutuchense (admiraciones). Desde aquel instante, la pare-ja amada recorrerá la capital desde el Ejido a la Recoleta por diferentes veredas, para impedir las lujurias de lenguas paisanas; tal era su embelesado amor que, desde ya, pla-nearon concebir al último de sus bambinos, al que, en honor a San Agustín, por la esquina del cucurucho en donde se encontraron, le iban a llamar CUCU, y de ape-llido QUITO; pero las asperezas del destino y la mala fe del empleado del registro civil, hicieron que el crío en mención tenga un nombre vulgar y nada significativo, además del común apellido de sus ancestros. Este sería pues, el que creciera con la idea del ulises entre cejas, y viaje luego a distantes latitudes y países a ser un gran re-joneador de los platos sucios y, por último, el personaje de la tristeza en que nos vimos envueltos, ya que, atribu-yéndose apelativos de gran respeto y poder, se creyó entre comillas hurtado y se llevó las únicas veinte lucas de nuestro sobaco o arcas nuestras que es lo mismo, y deje, a la pz, con un dolorsito de cantsa, del cual ya está muy bien, gracias.

Elé, otra vez hecho el payaso, el rupturoso, el vanguardero, el bandidísimo; murmurarán entre salivales los apretujados de culote, que por bombolina suerte de ma-quillar su raqueta inicua de la famélica gana de entrar en fama, repteramente, han preferido husmear por la en-dija de lo que han despreciado por longo y patalsuelo y, después de haber desconocido la Casa entre sus misas de biblioteca, se atreven a hablar del locro de cuero y las tortillas de la América, sin jamás haber probado un cal-do de nervio ni por atrás, ni en delante de sus amigos usuarios de los jodoks; porque estos ojos que se han de hacer candela son testigos del enmelosamiento de boca-grande de sus intentos literosos por meter en sus falsetas páginas las palabras, por aquestos diplomados, desprecia-dos.

Qué papas (t?) qué estera (?) qué achote (?) qué adobe????... Cuándo haberles topado en un cuero con papa de San Francisco, cuándo picando morcilla en La Tola, cuándo arriesgando el pellejo por una motera o un chumadito orinando Admiraciones. Quiérde. Cerrar inte-rrogaciones.

Mentiras y degradaciones del almanaque de las vigüelas; sino preguntenlé al Héctor nomás si sabe de adobes o de guitarras. Al Oviedo de Chambo, aquí en la Ave-nida, averigüenlé si no a visto disfrazarse de alcahueta a la novia de Ángel Silva en los zaguanes. Al Roque en su San Juan, darán oyendo cómo se hace volar al uña larga de los campos. Al Chamo del Dorado iránle a ver, cantan-do sobre el aguacero de los gritos. Al Gustavo. Las Ma-rías. Al Fernando. Al Diego pregúntaránles; gente de cal-do de treintaiuno, de roca analítica en las pisadas; ellos sí creíbles levantadores de ventiscas en la craneotomía del hombre, no huevadas Admiraciones y Punto

Pero que vayan nomás a decir, y a mi humilde co-razón le achaquen: que de dónde también saldría ese Juaquín relegado, quién tán será este Regalado, no ha de ser estudeado, ni culturado, peor literado. Y están en la razón, ah_ tiene, porque amísi que el mosquito ese de la literatura me tiene sin cuidado; yo soy Pedrado; y la pala-bra desdicha por los círculos letrosos es nada así beban juerga, trago, bronca y amorío; me limpio con el ansia de la fama. desde luego con mis debidos respetos para el distinguido Señor Culturólogo Renán Alcides Capelo, miembro de la Academia de Belleza Carlita; igual para el Profeta de la Cultura, Honroso Caballero Segismundo Rivas Pereira, accionista de don soto; y con mis consi-deraciones profundas para con el Señor... púcta cómo es... el cuencano pvf... que le dieron el empleo de cultito... ese cuyo apellido termina con ano... Bueno, en fin, para todos ellos y los no nombrados que me disculpen, pero que tengan en cuenta que sí les he tomado en el cuen-to; mis más sinceras condolencias por su situación de necros, vivos postmorten, gud bay; y no se me preocupen, enseguida entro con eso dei cuenteo, ya estamos calentan-do el agua, vamos a picar ají y un poco de cebolla para entrarle al condumio, en esta pobre olla de fonda que se llama el Recuento.
Lo más difícil para mí, fue el encontrón con la Georgina. Con la galaneada de adorriales que me cargo y la pinta de chullita en joda, con el amanecer adelantado, el malagüero sin limpiar, las caras violáceas de sus últimas sobrinas acantonadas en la máscara mortuoria de su anti-guo desconocido pañolón de tío, el Orocio, mi juma enci-ma, la piedra blanca sobre la piedra negra.. .

Oh, no -implore- y ahora, quién podrá defenderme, dije en voz baja, por si acaso asome por allí el ministro de salud. Pero nada; más bien las moscas de la trastienda empezaban a desesperezarse en el filo de los escupidos de anoche; uno que otro vello púvico caía indistintamente en el remolino del inodoro; las veredas de Santiago molían viento en cada estruendo de mi ronco pasadizo hacia la plazoleta de las armerías. Llegué a medio muro de la re-cordada torrecaída, para depositar mis acumulados ojos en el cencerro y brindárselo al campanero que hacía bailar las chispas de su recuerdo. En tan alelado rebuzne de la aurora (no de la Alba Luz Lora), vi crecer una flore roja entre un verdaje de aserrín terroso que estreñía su tallo, para al adulo, saltar hacia mi cuello de poeto. Me acerque al chancho madrugador que busca el cuchillo de su cora-zón para vestir las lágrimas de las flores que, desde el cam-panario, cerrando sus muslos preciosos pronunciaban un lento paisaje en corerío:
"ESPERGESIA"
"Todos saben... Y no saben que la luz es tísica, y la Sombra gorda..."
iiPero qué decía tal flor tan necia!!
Cómo al verme en mentecatos visos de caminador de a perro empotrado en plena amanecida, de hombre sano y bien chumado, (lucho de rencor, así mismo con poco migajón para decir:

iTomá!, esto me sobra, esto sólo tengo, pero tomá nomás, que chucha i! a la final, siempre ha de tocar peliar para atisbar la candela con la mirada i!; siempre docenas de murciélagos alaquecáe tomando nuestras desdichas como faltas imperdonables, para tendernos con sorna en el panteón de las prisiones i!. Si no fuera por este refugio de loco que me pusieron como laurel triunfal en la barri-ga, si no tendría pulgas que me picasen y loras patojas a quienes enamorar entre limones y buches, qué sería de mí, si no fuera por las camaretas de la sorpresa del vio-lín y del pingullo santo riega por nosotros los loquísimos y justos, rayetas de la ciudad y el campo, obreros del quechuchismo...
(Aaah noh, ahsth ahíh noh máhs. Sihguheh cohn lah nahrrahcihón oh teh ehxpuhlsahmohs dehl thallehr).
...y mientras tan profundas reflexiones me llenaban poco a poco la vejiga, me vinieron unas ganas inconteni-bles de acudir al jardín de la plaza, buscar el sitio más seco de las plantas de los pies, desamarrarme los botones de la camisa, rascarme un poco la cabeza y, orinar. Fuuu-uuuuuuuu, qué alegría decía mi pipía, que chorro de dulce melodía y corro. Hubo un relámpago de cámara de afei-tar en media pila, noté que no había madrugadores ni trasnochadas alpargatas habían pasado todavía -que día le decía a mi pipía, al guardármela suavemente y en deli-cada curva en el escroto, que no es palabra rara, sino una parte que colinda con el poto-; motivado fuime acercan-do a son de pato con el cuerpo en chueca posición de paseíto de torero. La aurora no me daba ni la hora, nisehacía dedía niamanecía, ni chicha ni limoncocha -me acordé y me puse serio-. Es que no había más en ese momentáneo pantalón que, a la vista, se me figuró ten-dido en medio de la plaza; un fulgor espumoso que sa-lía de la baba de un borrego desnudo 'y tierno en cada emisión de su balido y al que arremolinaron mariposas negras para dibujar la sombra del espantajo; me espeluzné, como mico agarrado por curare; no era para menos ni imposible: un redentor instante, presión de cuerpo y fallido de guarguero, cuando al contemplar impávido y papiráceo, a una mujer blonda, salida del fulgor con la-cia soltura, que abrazaba con sus instrumentos de amor en anaranjado un pedazo de luna, que había sido que-brada por el recuerdo de una contemplación junta y que la fuerza de su soledad la arrancó de polvorientas noches estáticas para muchos amantes.

iEs la Georgina! gritó el chancho madrugador desde una esquina. iSíguela! gritaron las flores del verdaje; Cójela i! rechiné repentinamente sin poder dar paso para alcanzarla; Ámala i! estertoraron las cam-panas de la torre eclesial derruida. La Georgina al sentir interrumpida su intimidad cósmica, puso en guardia su sobretodo de escamas violetas, refunfuñó al viento que pretendía estorbar, en pie de picada y pose de fuga, bo-tando el ancla de los desórdenes de vidas ajenas y calum-nias c.. sus axilas, tomó el pedazo de luna de su copula-ción espiral y con las manos de su cuerpo se clavó el pla-teado celeste en el pecho para que nadie lo hurtara y desbocó el tallo de sus piernas sobre la cuesta del último beso dé su amado Vallejo.

Visiones tan asombrosas tiene el hombre cuando en su interior se encuentra libre de toda soga -especule-y me hice memoria dos puntos ni en mi año entero de trips, un viaje como estos, ni mí mejor fix en medioriente, ni todo el tiempo de junkie que he tenido son compa-rables a esta gracia divina. Terminé de pensar dichos pronuncios y el sol salió hipnóticamente a enrojecerme las mejillas.