Como quien fuera a visitar. parte segunda

Hasta que me tenía que pasar. Por eso destar me-tido en el bombo de que sí, yo soy escritor, me gus-tan las letras, las letrinas, los letreros que salimos a pintar en la noche bajo el acecho de la garra de ar-centales reptando por las esquinas por donde íbamos a pasar.

Por metiche en eso de lo que no mimporta y, además, por no darles gusto a aquellos tuertos que nos creen tan ciegos como para hacerse los que fu-man king y lanzarnos el cacho de que son los magní-ficos rejoneadores de las artes, mientras que no pa-san de ser sino unos pobres individuos que, como los chapas, no han podido conseguirse un trabajo honra-do y se la pasan la vida haciéndonos creer de que pin-tan, de que bailan perinola, de que son descendientes de arlequín o de que no hay pieza poemática más be-lla y candorosa que los versos de doña Florinda del Matorral, que de Dios goce, ahora que su viejito no le ha de poder más.

Entonces, por metiche, tenía que llegar el día. Asiés. Y esto les cuento porque soy bien fresco con ustedes y no me las doy de renacuajo de la calama, ni mi oficio es andar despojando prestigios a las co-madrejas que se pasan averiguando, en los autos aculturados, si mecho la acordeón solitaria o no y en delante de la foto de cuál de los clasicuelos para que aguante el esmegma espeso.

Llegó el día, les re-cuento, en que asoma el coordinador de la bienamada pedrada, a pedirme, mientras tomaba la colada, el trabajo pala tres, que escribiera más que sea en inglés, pero que no me olvidase, ni que se me pase, la conti-nuación del Como quién fuera a visitar, que esta-ba bueno, para variar y que, como es decente no se engaña a la gente.

Y viene vff el coordinador, tirado a gran orador y me dice que simón, que es necesaria la segunda parte y que lentregue en violencia más bien dicho, porque sino la tercera saldría sólo con los nom-bres de los toreros, así nuayanh los toros, porque, a la final, público nova faltar bajo este sol ecuatoria-no.

Elé, le digo al distinguido demandante, de la Pedrada coordinante, si yo nomás hice esa nota de charada, cómo quieres que me salga del chuchaqui una segunda parte, ni siendo Galo René Carrión, porque a decir verdad le puse "a seguir" porque no me venía un final muy aguadito para terminar el compromiso y el "continuará" sonaba hasta elegante, loquito.

En fin, bonito dicen que ha salido, les ha gustado mismo a algunos, hay tiene. Ni por aquí se me pasó tanto belleza: yo que pensaba dejarles con la primera parte embarcados y... que me rebusquen. Pero des-pués de todo, no todo lo que no brilla no es oro y la segunda se mentra rapidito, aquí, estacionándome un chance de las andanzas, eso sí sin retro, aunque empeñados estén algotros en que me caiga despaldas, no mentra el retro, eso sí la gabardina, el colé, la trenza de la Matuca, por qué no me adentrar, eso sí, que hablando de antigüedades, nadie me vaya a decir que nuestro querido nuestro es neutro entre la vida y la gabardina de gamboa, exactamente de la señori-ta a la cual nos referíamos en la canasta anterior, so-brina directa deste granamado cesáreo de Santiago hacia donde nos encaminamos a paso de ecuatoriche, hechos los jodones, los lectones, los carlo magno y no faltará, pormipuesto, alguna loca sabelotodo que estará tras mío tratando de que lenseñe el secreto de hacer recuento y, quién sabe, alguna otra cosita más.

De Tarantini sí que ni me preguntarán, eso sí, ya no tiene remedio el huevón, sigue chupando en la misma hueca de la jarana de la Mideros, por si alguno quiere tener a bien concederle el honor de darle los cinco, o de soplarse un fuerte con él por el gusto de haberle conocido. De la viandita ni se acordarán, eso no, recién estuvimos el domingo pasado sonándole los mocos a la madrugada y les cuento que está de bajón, ya ni las zorras se quieren mamar aíh, porque les hue-le que para pero mucho meco y, en efecto, el domin-go pasaron la media a la mesa con motivo de que ha-bía unito que meco noce.

Quiruvilca dura y gris como el tungsteno de los labios de los poemas ciertos, lágrima de plata, sudado brazo termitando la montaña con pulmones de án-geles gaseosos del tiempo y de la supervivencia. Y por su nariz derecha el viento se enllucha para que lo sodomicemos, y por su diente caído resbala la bajada hasta Santiago.

Nos levantamos del raleo en la majada para espe-rar, con el Chavín de Huamachuco que me envolvía y veníamos juntos, el carruaje o la motoneta de pas-toreo que nos encamine por los chucos hasta el pue-blo familiar de su escritura: "madre, me voy mañana a Santiago, a mojarme en tu bendición y en tu llan-to... Me esperará el patio, el corredor de abajo con sus tondes y repulgos de..." Y en aqueste momen-to, tan magnífica voz que hablase esculpido por mano ínclita en los nobilísimos corazones de los bardos, desapareció. Claro, era de que me vean ese ratito, sa-cudiéndomela helada con un hervido bien cargado has-ta que acabe de llegar a irse la espera.

No, si de gana me pongo a acordarme de esta úl-tima peregrinada inoriginal, por que se me escurre ese maullido triquiante de tener que estacionar el carro en un sitio donde no es posible que nos podamos que-dar; por eso del floripondio de la vida que le coge a uno y se va de arroces por querer irse de pisotón, por vagar detrás de alguna peluda y a la final pisarse las manos para no dejar amarrados los ojitos. Pero auh-rita no me siento bien, ni para una pastilla, ni para na-da; hoy día no me siento bien; peor hoy denoche.
Pero ya que estamos enrodados en esto sigamos a sabiendas de que todos sabemos que el trabajo sale por merienda propia y no porque estemos obliga-dos a hacer de locutores de lo que nos pasa.

Sí claro -comentaba mi interlocutor mientras el bus descendía unos metros de la creciente cordi-llera-, el_ paisaje es sumamente apacible y se pastan chivos. Claro, claro -repliqué- se pastan chivos -re-petí--. Y mientras el pajonal pasaba hecho el idiota yo pensaba 2 puntos "tanta vida y jamás me falla la tonada!" tantos años y siempre, siempre la misma huevada.

La maltrecha curva de ripio hizo sentir comezón al subido el precio del pasaje, y muy hábilmente, so-bre un recodo de este sendero andino, tropezó y se quedó aturdido; fue cuando tan amable compañía que alhado de mi asiento venía, me presentó cortés-mente a su sobrino 2 puntos Este es Víctor Enrique, mi sobrino preferido, él podrá guiarle por Santiago, lle-ga hasta allí, para mañana salir en pollino hasta la ca-sa de mi hermano el Tarquino, yo en cambio me que-do pasando el pasto, a la vueltita de la última tete-ra a divisarse. Bueno caballero, un gusto haberle co-nocido, le dejo en buenas manos. Gracias -le dije- gracias, gracias, hasta otra vista y gracias otra vecita.

Siguió caminando el carero y nos despedimos con la mano. Ya mismo se llegan -avanzó a gritar mien-tras el bus seguía-. Me volví a sentar y dirigí mi mi-rada hacia Víctor, estaba viéndome apaciblemente con el poncho ladrillo, se me hacía que se me parecía, le volví a ver otra vez, más detenido, y él sonriendo me preguntó 2 puntos ¿cómo así va para Santiago? y le respondí 2 puntos porque es fama de que aíh venden buen trago. Y nos fuimos de jajajá por lo menos durante como quince minutos. cerrar parénte-sis.

Hasta que me tenía que pasar. Por eso destar me-tido en el bombo de que sí, yo soy escritor, me gus-tan las letras, las letrinas, los letreros que salimos a pintar... y total, me llama otra vez el caiza, coordi-nador de la bienamada pedrada, a averiguar por el re-cuento; ya mucha nota -dice- quieren esperar otro año, no pucta ¡qué vagos que son!, así no se puede camellar, haber, pero decí, decí cuándo vas a entregar el trabajo Puntos suspensivos. No tengo -le digo- vff, qué crees, acaso que yo vivo del cuento, tengo que hacer, ya mismo me viene el bautizo del guagua y tengo que salir a vender algún cuchillo, ¡sino cómo!, ya te digo yo no vivo del cuento, como quiera de la poesía.
Por fin, llegamos a Santiago de Chuco -exclamó Víctor Enrique- la cuna de César Vallejo, aunque por aquí nadie le conoció -enfatizó- ni los que ahora son viejos se acuerdan; esque había vivido desde guambrito en Trujillo, de maltón en Lima y de notoso en París. ¿Qué le parece?. Venga a ver -me di-ce- coja nomás sus cosas, aquí a la entrada hay un monumento que dejó una embajada. Me sorprendo y le pregunto 2 puntos ¿no sería la del Perú?. Víctor sonríe y me deja al pie de una estatua media dorada con una pantalla en la región pectoral del poeta. Me quedé entusiasmándole haber si se movía, pero al sen-tirme solo regreso a Víctor y le grito 2 puntos ¡Víc-tor, Víctor! ¿cuándo naciste?. Para qué quieres sa-ber responde ya casi al voltear la primera calle de lentejas. Por si acaso seas contemporáneo del poeta -le grité-. Te digo después alcancé a oír y se des-pidió con un abrazo a la pared más cercana a él. Qué lejos dejé mis espejos, pensé. Eranse las tres en el rabillo pendiente de los eúpcalos, el sol parecía tostado sin manteca; sentado solo en esa vera, sobre el morral de la sombre, me acordé del partido de fút-bol que jugué en Macará y me quedé despierto.

De pronto, como cuando uno no espera que le pasen cosas raras, del mismo modo en que cualquier sa-lado se compra un par de medias, así mismo, me tomé un poco de agua de la acequia que bordea al pueblo; y ante mi asombro, de lo fresca que estaría el agua, digo yo no, eso ha de haber sido, en la pantalla del busto del ilustre nato en este pobladizo, aparece un chato medio morenito, tranquilo, suelto, mejor pa-rado que alis cuper en london, cuadrando la pipol con una tiza gastada, en pleno parque universitario de la putrefacta Lima, en el mismo sitio en donde le en-contré, antaño, al Bruno dándoselas de colombiche, echando el grito sobre las cabezas, cincelando el pensamiento de los pasantes; claramente vi angular sus lumbares para escribir sobre la piedra una verdad o una gracia.

Busqué desesperado un alambre tras el busto y la pantalla, seguí un recorrido hasta la casa más cer-cana del que hacía la pasada, pero nanay, quierde alambre, nada. Yo ya empecé a asustarme y tan lejos de mis espejos, dije; no atinaba si irme o buscar algún botoncito para apagarle, o quedarme viendo el programa, o regresarme corriendo por el camino, o esperar el bus del día siguiente, o si seguir aguantan-do semejante dilema que se me venía por parejas. En definitiva, no pude decidir, empecé a oír las palabras que emanaba el hombre desde las distancias:

"Soy el hijo del Ande.
El que con sus manos levanta
trigo maíz para sus hermanos
de Oriente y Occidente.
Soy el hijo de la vida
el hijo de la muerte.
Soy huáscar emilio kápac"

Bueno aquioras se acaba esta nota, yastoy con sueño, tengo que levantarme a las seis mañana, aca-bar con otros cuentos asignados a otras mentecatas mentes, porque no es lo mismo decir pásame la pinza que písame la panza, ni tampoco escribir para lecto-res feudales que a mí ni me va ni me viene que se me niegue la ofición y el aficio, porque lo que se ve es lo que se hace y aíh se ve que se está haciendo, lo demás es lo de menos y colorín colorado que este recuento ya mismo le recontinuamos; vaya a tomar un cafecito mientras por acá preparamos el acto final y definitivo o siesque quiere cerrar los ojitos, vaya nomás a dormir, pero déjele abierto al cuentito que, la obscu-ridad también sabe leer. Elé.

Maracas de semilla de penco por las calles, única respuesta al viento; la teja pincelada al musgo, sin inhibición ni vergüenza de tiempo. A pena de morir el forastero entra en domingo en Santiago: "Estáis muertos. Qué extraña manera de estarse muertos. Quienquiera diría no lo estáis. Pero, en verdad, estáis muertos". ¡ay! machuca, que ganas dirme de llantos detrás de las cabras quentabran, ni cómo pe-dir tregua a la desolación, dependería que se muevan las gallinas para alcanzar la comprensión del sitio, pu-dieron hasta haberme rebajado en el hotelillo donde la poesía destripaba a su amante en un baúl de cuarto con luz medianera y le mantenía en la prisión del tiempo hasta la vejez de poder ser susceptible de amusearse. Que no amancillar en la cuesta, a quién no darle ganas matar; pero todo en aguantón de mordida, todo deatrás, sin hacer saber; porque sí, así como en toda esta perra parturienta de la corteza de la vida dio océanos de honestidad en el hombre, así mis-mo había la comisaría con la cancha y el poder para hundirte el espino en el caldo del ojo y regresarte por el mismo estribo sin rienda ni cuenta, ni para qué más.

Entre por donde me fue dado ver que Santiago de Chuco había habitado esa casa, me escurrí por la rendija que dejaban las puertas desparejadas, y, al pasar medio zaguán, después de un fondo rojo de altar detrás de la esperma sostenida por la fe, ace-lerado mi corazón, conté las matas de manzanilla del patio, entre las piedras una música de raspadura que no empalaga. Al fondo, sobre una silla hecha mueca, descansaba con la miel del sol, el tiempo personifica-do en mujer y voz de ave.

- Ave María, Corazón de Jesús. ¿Quien ha venido? (como ya yo niveo); Miguel, Abraham, Nativa. ¿Quién sois? -exclamó la anciana-.

- Soy yo, soy yo -le digo- el Juaquín; claro que no seadeacordar, porque, eso sí, yo ni soy de aquí, re-cien acabado de llegar estoy, porque, eso sí, quisie-ra visitarle al Cesítar, que tanto se le quiere por mi tierra oiga, y tanto y tanto se habla del por lo bueno y bien que anda cantando en sus poemas, eso sí.
- Ahh -me responde- ya tiempos que nadie viene por esta casa, he encanecido desde que vinieron. a po-ner una placa por el Cesar, mi tío. Yo soy hija de Mi-guel, y me llamo Otila, Otila Vallejo Gamboa; pero antes, más propiamente el apellido de la casa ha sido, y hasta cuando cumplí los setenta y todavía enseñaba en la escuela de Santiago, Otila De Vallejo De Gamboa. Señorita, para servirle.

- Gracias Doña Otila, yo encantado de conocerle, eso sí, porqué a la final, uno no va a venirse en seme-jante viajezaso desde el ecuador, por las puras; ni que me dieran viáticos los del portafolio de educación y cultura para visitar su casa; no, de ninguna manera, ha sido una cosa así, cómo le digo, nacida de mí mismo, así como ni para poder decir no, nocierto; sino por ese deseo inmenso de venir a verles y conocerle a usted, que para mí ha sido una sorpresota, Doña Otila, y un gusto eso sí.

- Bueno era el tiempo de antes -acentaba con la ca-beza doña Otila, mientras tejía con los dedos el balido de una rama estrujada- aunque para serle franca yo no le conocí a mi tío, fíjese que, dicen pues, que se ha ido jovencito y nunca más llegó a regresar a este pobre suelo. Pero si quiere entrar a ver los cuartos, há-galo con confianza, allí está el poyo -me señaló con el sentimiento- y a dentro la cocina, pueda ser que en alguna desas ollas le encuentre.

- Gracias Doña Otila -le dije- disculpe que le mo-leste, me voy a dar una vueltita por la casa, ojalá no me vaya de llantos nomás, ya regreso.    

Qué fue que no termina este man, pfvv, mucha huevada más bien dicho; ya estoy amortiguado el es-capulario con esto de los dialoguitos y de que "vaya a tomar un cafecito que ya se termina", quierde que se termina -dirá el leyente-. Y con mucha razón, pues, es más fácil no leer e irse a echar, en cualquier parte con la mano agarrada del pájaro, y pensando en el se-rrucho o en el laminé, que comprarse un pasaje en avión desde Quito hasta Santiago de Chuco, con lo que se ahorraría la molestia de enterarse algo, o al me-nos en divisorio, de lo que puede ser el sitio donde es-campó un hombre clave de la poesía, y no dejarse lle-var de la consabida biografía de melocotón de los eru-ditos: N y N, nació en París con aguacero, su infancia la dedicó a jugar bolas en la escuela del pueblo. Su madre hablaba quichua. A su padre le encantaban los sancochos... y etecera etecera, la típica maltrecha y rebuscada biografía que no se pasa ni con cera, juntada patojamente en chismes y murmullos y no en la participación en el campo de la historia de los techos, peor de los hechos, con carne y pellejo, y, si se puede, con bailejo, para la reconstrucción de la creación so pena de la Malena y de los encasillados literatos, me-jor estudeados que los patos. En fin, degana me van aser cabrear... a hacer cabrear, por si algunito desos se quiere ir de diarreas luego desto.

La cocina estaba obscurecida del hollín de la triste-za, las ollas de luto e inmóviles recordando el sabor de algún locro de antaño. La situación era de fuerza mayor, como haber entrado en un espacio sin aire. Yo estaba lívido, tanto que contrastaba con el lugar. De pronto, sobre las sombras y dentro de ellas, con un paletó negro, César. Abraham Vallejo, de él, salido de sí mismo, desde la esquina de la cocina, con un pondo roto en el brazo izquierdo y señalando el techo con un cuchillo de palo en la otra mano decía:

"La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte. Que soy dos veces suyo: por el adiós y por el regreso. La cierro al retor-nar. Por eso me dieran tanto sus ojos, justa de mí, infraganti de mí, aconteciéndose por obras terminadas, por pactos consumados".

Terminó de decir esto y se recostó en el suelo. Me quedé cenizo. Me acerqué sacando fuerzas de no sé dónde, para tratar de levantarlo. Le dije César qué. te pasa. Sin mirarme, se levantaba nuevamente, esta vez con una tiza blanca que sacó de la gabardina para escribir en la pared de la cocina lo siguiente:

"Todos han muerto.
Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de Agosto de años sucesiv..."

Y me acerqué tomándole del brazo con el que escribía y le dije: Oye Cesítar, tranquilízate, no te pongas así, vamos a tomarnos un trago.
Por fin, cediendo un poco a su fatalidad me miró bondadosamente, estiró su brazo y me puso la mano sobre el corazón con un rictus de serenidad y me repi-tió sin haberme dicho antes un detalle del atardecer que se venía:

"¡Al borde del fondo voy, cuñado Vicio! La oruga tañe su voz, y la voz tañe su oruga, ¡padre cuerpo mío!-"
y se retiró por la puerta hacia el patio. Para serles franco, no le entendí muy bien lo que quiso decir, y me quedé un rato parado, así, medio como enfermo
de la vista.

Salí enseguida con afán de alcanzarle; pero en el patio, a más de doña Otila, se encontraban dos muje-res más, cada cual veinte años de edad en diferencia; les pregunté si le habían visto salir.

- ¿A quién?, respondieron en coro. - A César Vallejo, repliqué..

Se quedaron viendo el luto que tenían dentro y los pañolones negros. Y respondieron en coro:

- César murió hace más de cuarenta años y nosotras no le conocimos. Aquí está su casa, la de que fueron sus padres, sus hermanos y hermanas, aquí vivimos nosotras, su familia posterior, la familia extraterrestre de Santiago de Chuco. Aquí vivirán nuestros nietos.

Yo ya no supe qué hablar, ni qué hacer más, les agradecí gentilmente por haberme permitido visitar la casa y me salí.

Al cruzar la puerta de calle, en una pared de la facha-da había dos placas recordatorias: la una era de la Universidad de Trujillo y la otra no me acuerdo. Lo cierto es que con un carboncito que encontré botado en el filo de la acera, me acerqué a la pared de cal y puse así:


Después salí a caminar por Santiago, innumerables situaciones me sucedieron en el poco tiempo que estuve en el pueblo tratando de encontrar a Vallejo para reclamarle por semejante pasada que me había jugado.

Pero por hoy es ya suficiente, tal vez sea el condimento para el próximo recuento.

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