Ahurita me saco la cédula de ecuatoriano del bolsi-llo para acordarme que el pasado Octubre estuve en el Perú, como si me hubiera ido a Isinche no más, a ver la parara cítrica de ese niñito de madera, bien rosadito, que no sale si no es con la dueña.
Me saco del gusto la fantasía para un gentil hom-bre y enclaustro los tres dedos medios de la izquierda en los labios para contarles el pedrerío. Así. A vuelo de pájaro. Y es que a punce de haber narrado en vivo lo que sucedía, ni por más que yo, ni tal ni pascual, hubo un peruano que dejó hue-lla en todos los que un momento pingüe nos dimos por cortar las matas de manzanilla del patio y alzar a ver de lejos el talla-do de los viejos en el pasamano, salir del zaguán con el pito de voz de guagua y espiar la calle en la esquina del hojalatero, tirarle tillos al del depósito de parolas, hacerse de a buenas con la Targelia -de sus más soberbios litros de leche targelina, co-mo si fuera doña Otila, "que lo lavaba en sus venas otilinas ".
Y es que este pinche corazón no aguantaba ni un escalofrío más para salir, de-parir que sería fácil aplastar el chuso del camión del chofer y bajando La Toma atrave-sar los ceibas mutilantes de la espesura de ca-tarata que empieza a formar el horizonte en el ojo del desierto y . el espino: impuesto al deporte para salir, que no debas ni a la misa ni a la media, foto pasaporte-carnet, per-miso de autoexportación para no más de ir allá no más, corto quien fuera a visitar unos parientes en Aloag.
Pero, a pesar de todo, te quiero a pesar de tooodo ... *. Ni por más que chillé, me puse serio, sobrio, culto: ni porque dije no- a pesar de los papeles sin mancha, las dos /utas, buen saco, mi cana de recomendación; ni por esas. En la frontera, los armados, después de jugar y darse de quiños con los ci-viles, en revisada miope espulgaban si este in-dividuo, más bien su nombre, tenía consigna en el desaguadero de sus cuadernos mugrien-tos, "El cancerbero cuatro veces al día mane-ja su candado, abriéndose cerrándonos los es-ternones ".
Es que ahora me pongo a pensar en serio que no vale la pena seguir con este rollo. Para que no más se pongan a leer unos cuatro pendejos, de esos que se pasan la vida leyendo y tratando de hacer cuentos mejores que el premio que más tenga amistades en el círculo de los galardonadores; me paree una real pendejada. Y basta me pongo cabreras con esto de que por ahí vayan a decir que alguna de estas frases ya fue di-cha, o, este cuento ya le oí contar en nosedónde, dándose lija a costa de hacerle quedar mal a uno, poniéndole llave al canas-to del recuento. Por eso me fui a Santiago de Chuco, a ver paró-
* Cántese al estilo de M. A. Muñiz.
mo bahía crecido la manzanilla entre las piedras que abrillan-ta el pollino de las tetas, bajo la cordillera del Pelagatos, en el pezón de Quiruvilca.
Para qué también que me puse mal cuando llegué cerca de esas "arácnidas cuestas" que bajaban del cerro, aguje-reados los mineros, sacando el metal, brillantina de milicia, y cerca de sus ojos una gota salpicando rojo, como tiemblo coa-gulándose dentro de los huecos quemantes: disparan otra vez otro siglo de muerte a los mineros. Pero que vulgaridad! ha-blar siempre de esto, si ya no está de moda: ahora, hoy en día, escritores, pintores, músicos y demás parientes tienen que, ex-clusivamente, dedicarse a las obras que contengan exquisito gusto refinado y un germen altamente artisticante. Qué ver-güenza señores, sólo para que les den el premio, para que digan que son bellos, les pongan en el cielo de cualquier dominical, les hagan creer; momias: cuando ahora, ahurita mismo, fines de la década del 70, a días definitivamente, no podemos dedicar-nos a pintarle pajaritos a las bocas y a las garras de estos depedradores de vidas y conciencias por hacernos los literatos, los famosos, intocables, musos o infalibles narradores. Ay andá cagó vení mañana.
Tarantini te dicen, por guapetón, por mundialote, por salsa, por sal y ahora que te encuentro, tizne bocón de la viandita, que te ibas ayer a Venezuela en el carguero, y me-tiéndoles el cuento a las del toque y total boy que vengo a tu viandita, tarantini, qué te has hecho pués cabrón, te creí en el Orinoco.
Y bueno, ahora que retomo estos es-critos sacándoles de entre- las páginas de un-libro de versos de un tal apócrifa e iné-dito autor, del cual he conocido mucho y tanto ore ha costa-do conllevar a su en-cuentro fabuloso,
luego de imaginar preguntando, en dónde, el camino de ¡nula hacia el seguro escalafón de las 7 lá-pidas dejadas por el Libertador, luego de la célebre y renom-brada batalla en que, al cruzar Chillogallo, puso las gracias de cuatro ilustrísimos de aquella época y tres más de sus queridas mujeres de honor, completando nombres propios de regiones propias de la vecina comarca de la Nueva Granada y, asegurando su perennidad, dejólas la suficiente, ni a luz ni muy ocultas, hasta el día en que descendencia clara pudiere su secreto descubrir.
Los nombres recogidos de apuestos caballeros nos darán una clave del lugar donde encontrar al individuo, cuyo patronímico saltaría a re-lucir al juntar las tres últimas letras de las gracias de sus damas. Es así, que de esto pasan ya algunas vueltas en que sigo en la rebusca de tare preciosos sílabos.
Comencé por allá, en Enero del año en que usur-paron el poder los Santos Varones que alguien hizo en confun-dirles como miembros -ad-honorem de la Santísima Trinidad, y con la idea foja en la cabeza subí por las canteras del penal, más arriba de San Roque, por la cuita lodosa de la ladera, rescatan do almas de catedral del incontenible muro de fortaleza que en la cima de tan noble encañonado vide, y era mansión de hidalgo caballero que, habiendo sembrado alrededor un círculo de ajenjos cipreses, retocaba los óleos vivos de sus antepasados con mácula empolvada de su libro de pesadillas y sueños volup-tuosos, y al verme me dijo: -"vernácula tu actitud, mancebo; ve y levanta la piedra liquida tras el portón que lleva hacia la acequia, levántala con cautela y cuida de no arrancar la paloma que crece por allí-.
Fui e hice, efectivamente, con la pa-ciencia de las tres de la tarde priamidal, con el brillo del pajo-nal vi piedra de lavar donde cantaba una mujer de anaco colo-rado un dulce trinar de sueño para el atado de atzera en que envolvía a su crío, al verme acercar se retiró con el canasto de frutas que el árbol de es-poso reía, y el viento calló por un instante; las nu-bes que pretendían no hicieron sombra, la piedra evaporó rápidamente y seca la levanté como si -fuera po-mes, el secreto del tiempo la había desmine-ralizado y de su base porosa, empezaron a brotar alacranes céli-bes dispuestos a neutralizar las radiaciones de las bombas nucleares, y la tierra desprendía un humus denso que al olerlo me transportó por un instante al pasado de caballero bi-alalgo que cou un acial entintaba !a espalda de una semilla de américa. Pero cómo, dije, si la ciudad se ve por la endija de los eucaliptos, orgullosa; si se mira su chancro edifical, se oyen los gritos de sus máquinas enanas ¿cómo?
El humus se había secado en nata amoratada de ataco, en flor de ishpingo que la palotea crecida picoteaba para volar, la tarántula de la noche amenazaba espantar la malva de mi situación; pero ¿cómo, cómo uni mano de nido incurrir en ese magma espeso, cómo sacar el secreto cernido de los mariscales?.
El lector dirá este hijueperra nos está tomando el pelo, o más bien dicho, nos está viendo es las huevas. Pero no es así. Es que poniéndome a pensar bien digo, esto se me está haciendo muy largo, de pronto les voy a tener en pindingas hasta destapar las siete piedras, ¡peor que el apocalipsis! y, después, decirles que no sé, que en cualquier momento vendrá el final o que, ya que me doy cuenta, por ahí ya se ha lle-vado les cosas preciosas enterradas bajo las piedras, alguno de esos huaqueros tan hábiles que tenemos o que algún arqueó-logo, antropólogo, sicólogo alemán ya las habrá descrito hace algun tiempo y, bueno, uno hace un papelón y después ya no
le creen más al escritor prole del Ecuador y, a la final, que más queda sino seguir leyendo a García-Llosa y a Vargas Márquez, para no nombrar otros así mismo célebres y conocidos.
Ante esta situación pienso que esto no puede quedarse y, por lo tanto, seguir con la narración antes propuesta y decirles que sí, que llegué a Santiago de Chaco, que el agua de Cajamarca habrá ebullido basta impedir la cópula de las libélulas sobre su superficie; las caminos todavía ensangrentados, porque nada ha cambiado en Cajamarca desde la llegada de los conquistadores, porque los campos no producen el grano para la comunidad , sino pasto para el ganado de los rejoneadores y lar carne de exporte, porque ese manto de granizo antiguo es ahora una capa de polvo esquelético en los ponchos allpa, el grito en los labios de adobe como el hijo desarmado, la cal sobre la piedra anunciando el epitafio en Chilacay, el cambio de lado de las lagunas esposas de Cochamarca, la choza roja, arboretum de Cochambul, río rechiflado trayendo chasqui de las minas de Michiquipay, los disparos en la tumba del minero donde nace el metal ... y tal. Ata sangraba de su oído la tarde de Noviembre en Chugur.
A la viandita le hicieron sacar la comida para lllenarla de qué, de golpes, de viernes cultural, en donde Taranti-ni con un cuarteto sobre el hombro se disputaba el sucre con la rocola, el guapetón sagas de lo que por la viandita tuvo que ser el dandy en el balcón, con un cuarto para los dos y una pre-gunta: ¿un número igual que sumado tres veces de sesenta, me-nos el Veinte?. Qué hijue de la concha perla Tarantini, no les vas a dejar con la duda porque hasta de pronto nos sacan el fie-rro y creen que es mamarle gallo al caballero de al frente de es-ta página, que ya mismo dice que uno se está haciendo el payaso y no toma la literatura en serio, porque sí que es serio eso de ser cuentista y relatista y quién sabe qué nomás, si has-ta de poeta le acusan a uno; ahh, no, no, ya ve, vaya no más a sumar tranquilamente, consígase una de esas calculadoras que traen de Miami, o si las quiere más baratas haga como los comisariatos que contrabandean unas mejores de Panamá y verá que no solamente le dan sumando sino que también le ayudan a sacar la raíz redonda si le cae una mujer gorda y zas. (*)
Dios sabe dónde dejé mi lápiz, mi talento, mi de-seo de hacer letras con sentido, de hacerme conocer, de po-der ser alguien, ir más allá, ser mejor; pero ya estoy medio-ra aquí, tras esta máquina que vine trayendo anteayer de la casa de una tía estéril, pensando en que cómo, cómo es que se continúa un relato, buscando el hilito de la narración para ya deshilar toda la pieza y ponerle el saco al lector, así, a mi gusto, con el color de mi preferencia; hacerle sentir en su co-razoncito el nombre de mi signo, mi fecha de nacimiento, para. que cuando el lector pase por la calle los leedores le di-gan -"ve, ese tiene el carisma en la pechera, seguro que le ha leído al juaquín regalado". Pero ni por más que pienso no puedo comerle el cuento a la gente; por eso me fui a Santiago de Chuco, a ver cómo había crecido la poesía, como si esta fuera una ñaña mía que se ha salido a vivir con un poe-ta.
La llegada a Cajabamba no fue, exactamente, un arribo feliz, bajando de la escalinata con mano aventona de personaje estatal, ni fui aplaudido por la multitud en los terrazones.
No. Llegué más lamido por el sol, que la misma sequía, me veía como entenado. Era casi la mitad entre San-tiago y Cajamarca y el punto insurgente de los rebeldes apristas de ese entonces, nido de cuesta de las semillas del tiempo seco, y, ahora, un recuerdo de sastre ileso que tomó la medi-da de mi paso hacia Santiago mientras el sol, de madrugado, inunda las calles con un deshielo de fuego impasible ante la agonía de Haya, que lima el cáncer de su traición. Y pasamos Llirube de quite, Rumicucho en un cojo, Matara escupido de llamingo, San Marcos despaciado y Namora; Namora cayen-do de queja sobre la codicia del último tendero que se adueña de su soledad, sancochando ruinas de ciudad con el poncho caído en la cordillera de esa canción irresistible de Namora. Voz de achogcha incontenible de un amante poblador:
Todos de Namora van,
se van del pueblo de Namora,
nadie quiere sembrar
la sombra del eucalipto,
Namora ya no tiene agua
en la pila de la plaza,
ya no hay quitapena
en el cantar de la cantina, no se encuentra cochayuyo.
Namora muere lenta
en la puerta carnosa
de un viejo que agoniza;
sólo en la pared descamada
de una casa ruinosa
se escribió a tinta armada:
¡CONTRA EL ALTO COSTO DE LA VIDA!
Todos de Namora van .. .
Y continúo.
Oye, qué te pasa, pero despierta, no te hagas el jumo cuando te converso, Tarantini, sacúdete; yo sé que no me está yendo de lo mejor con esto, ya muchos han decidido no continuar más y prefieren entregarse de lle-no a "seleccio-nes"; o se van de cuarenta con una de "pimienta "pa-ra después irse de solitario. Pero vos no, te estoy hablando, todavía no he terminado, oíme, vos eres mi pana.
Dormir la noche en Quiruvilca a la intemperie es otra cosa, más cruel que emigrar a los estados urdidos; soñar en un calentado de aguardiente a media noche y esperara que abran el estanco de la sal y de la coca, sino, basta mientras, arrimarse al hombro que espera la madrugada con el trapo de la pobreza como insignia. Así mismo, basta el otro día clarísi-mo, mocho el corazón, viendo ya luna la llegada del día, chu-pando agua de páramo, acordándome de la fácil presa del lápiz, semejante al hombre que llegó a parir esta tina de metales aleados con la tierra de alpaca en que yo iba a parar; así, como quién se va a regresar no más de un viaje corto, a visitarla tumba de un compa muerto en una carretera ajena, vecino de otros muertos más y una flor que le dejamos.
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